La
playa tardó poco en quedarse vacía. Aquella nube, que antes se veía a lo lejos,
logró envolver todo el cielo. En poco tiempo, la gente salió del agua y huyó,
imagino que para no mojarse. Además, comenzaba a levantarse un poco de viento,
que hacía que algunas gotas suspendidas en el aire llegasen a la cara. Sin embargo,
yo decidí quedarme. Siempre me han gustado los días grises, y tenía más espacio
para tumbarme. La sombrilla se me queda corta muy a menudo.
La
grisura del cielo atraía mis ojos, aunque vagaban por ella sin sentido alguno,
pues no había nada que observar detenidamente. La tranquilidad que siempre me
da el cielo gris, del mismo modo me la quita la incertidumbre de no saber qué
está ocurriendo al otro lado. Lo siento como una especie de cobijo, de barrera
infranqueable que me protege; pero también como un muro muy alto, demasiado
alto, que deseo ver derribado cuanto antes.
-
¿No te parece que el gris le sienta bien?
Una
voz detrás de mí llamó mi atención. Me giré y vi a un señor de avanzada edad
sentado con los brazos sobre sus rodillas. Su cara, tan poblada de pelo canoso
y recio, tan oscura y agrietada por el sol; sus ojos, tan hondos y cristalinos
que me traspasaban, que llegaban al horizonte, donde acababan perdiéndose.
-
¿Perdón?
-
La mar. Creo que está aún más bella
coloreada de gris. Además, si te fijas, el final se mezcla tanto que se hace
casi imperceptible.
Ni
siquiera volví a responder. Adopté su misma postura y clavé mis ojos en el
límite del agua. Sentí de repente una sensación de inmensidad. Como podría
sentir cualquiera que mira hacia aquí. No creo que fuera una sensación única y
exclusiva para mí. Aunque hay quienes se adentran en esta sintiendo lo
contrario. Hay quienes aman navegar, buscando todos los confines que separan el
mar y el cielo. Y eso es algo que siempre me ha fascinado. ¿Cómo se puede
reunir tanto valor para pulular en la infinitud de lo inestable, desconocido y
peligroso? ¿Cómo puede inspirar hasta el extremo tanto amor y tanto miedo un
lugar así?
Veo
aquellos pocos barcos que se destacan tímidamente, como pequeños bultos que
rompen la línea del horizonte; e intento sentir qué sensación puede dejar la
soledad del mar. Eso mismo, tal vez. Sí. Soledad. Estar lejos de todo. Rodeado
por la nada más absoluta; por el silencio más estremecedor solo roto por el
constante rumor del agua. Por la fría y oscura noche, y el calor y la luz del
día. Pero qué sabré yo de ella, si nunca he navegado. Qué sabrán muchos que
dicen adolecer de ella si nunca han estado allí. Qué sabrán de sentirse solos
si nunca se han visto perdidos en la inmensidad del agua. Rodeados de vida y
muerte. Donde lo único que sigue sujetándote a la vida es una pequeña casa de
chapa que flota. Tal vez no sea lo que siente aquel marinero, pero yo sí. Me
inspira miedo. Me sentiría perdido, mirando el vasto mar, como quien mira una hoja
en blanco antes de escribir. Con un miedo idéntico a no ver nada, pero saber
que ahí se esconde todo. Como el cielo gris, donde no hay nada, pero detrás
está todo. Como una ceguera. Sentiría nada y todo. Todo y nada.
Ciertamente,
estaba mucho más bonito con el gris, daba una sensación de unión entre cielo y
agua, que conseguía hacer más envolvente aquella nube. Una luz fugaz atravesó
la sombría atmósfera, lo que fue la señal para que aquel señor, que no había
dejado de mirar el mar, o `la mar´, como él decía, se marchara. Adiós, me dijo.
Adiós, respondí yo. Me percaté que ya sí que estaba totalmente solo en la
playa. Me giré y detrás de mí la nube envolvía todos los edificios. Algunas
pocas personas caminaban con prisa por el paseo marítimo. Regresé la mirada al
mar. Algo llamó mi atención. Algo más adentro del mar, junto al peñón. El faro.
Parpadeaba regularmente. Algunos barcos también lo hacían. El murmullo de las
olas llegando a la orilla. El viento que levantaba algo de arena y llegaba a mi
cara. Hacía frio. Era extraño pensar qué poco me separaba de todo aquello. Del
mar, de sentirme solo. Siempre tendré esa sensación, aunque creo que jamás
podría estar más cerca del agua y el cielo.
Un
grave y roto sonido salió del cielo, y las primeras gotas comenzaron a caer.
Era hora de irme. Sin más, volví a mirar y me fui. Todo y nada, pensé. Todo y
nada.