De
mi larga estancia en Italia aprendí, entre otras cosas, el enorme poder que
tienen las palabras sobre nosotros, el poder que tienen para moldear la
realidad, para ocultarnos del caos y el miedo a lo desconocido. Aprender un
nuevo idioma me enseñó que no importa qué lengua sea, que en todas buscamos lo
mismo, que tienen el mismo valor. Un ejemplo de ello fue la palabra italiana trucco,
que en español significa maquillaje; me fascina pensar en el trasfondo
de esta palabra, en cómo parece decirte que cuando te maquillas estás haciendo
magia, estás enseñando al mundo un truco para sorprenderlo, para que crean que
es eso lo que existe, pero que no es la realidad. Todo eso está comprendido en
ella y, aparentemente, no lo percibimos.
Dicen
que una imagen vale más que mil palabras, sin embargo, yo creo que mil palabras
son muchas más imágenes. Creo que eso es subestimarlas y no otorgarle el
verdadero valor que tienen. Yo siempre he admirado a las personas que tienen la
palabra justa en cada momento, que saben qué decir y cuándo decirlo, incluso
cuando no hace falta decir nada, porque el silencio es lo más correcto, ahí
ellos descifran lo que sientes y hallan la palabra medida para lo que sientes.
Mi
padre siempre me ha dicho que las palabras se las lleva el viento, sobre todo
cuando hacen daño. Pero yo sé que no es así, que eso es solo un falso consuelo.
Las palabras pueden permanecer inamovibles y eternas si calan hasta los huesos,
pueden retumbar en tu cabeza como el eco del golpe del martillo sobre el
yunque. Estas pueden tener la fuerza de un tornado sobre ti, para bien o para
mal.
Las
palabras pueden ser llaves que abren cofres llenos de recuerdos, que abren
puertas a otros mundos. Son nuestra memoria y la de otros, son las huellas de
quienes ya no están, son gritos de auxilio y cantos a la alegría. Son perdón y
olvido.
La
historia de una palabra es la historia de las personas. A partir del momento en
el que se crea por primera vez el lenguaje complejo nos separamos del caos. El
lenguaje es nuestra manera de interpretar el mundo, pues solo existimos si este
nos hace existir. Es nuestro espejo y a través de él pensamos. Crecemos con las
palabras, pues son nuestra mayor fuente de vida. Nuestra necesidad es siempre
la de dar forma a todo lo que nos rodea, a toda esencia que es ajena a nosotros
hasta que se convierte en palabra. Definimos amor, muerte, vida, odio, terror,
miedo, sufrimiento, alegría o pasión, sin tener mucha idea de qué significan,
pero necesitamos amasarlo, necesitamos hacerlo palabras. Es nuestra única
ocasión de jugar a ser dioses.
Atesoramos
palabras sin miedo al peligro, pero estas también pueden herir, humillar,
decepcionar, destruir, arrancar o matar todo cuanto somos. Son armas de
manipulación, mentiras camufladas, son disfraces de almas malvadas, son
susurros de odio y cortinas de ignorancia. Las palabras nos hacen libres hasta
que se convierten en grilletes pesados y condenas eternas que arrastrar.
La
historia del ser humano es la historia de las palabras. Desde las primeras
civilizaciones dominar la palabra ha sido sinónimo de poder, y los dueños de
este poder siempre lo han sabido. Negar al resto este dominio es esclavizarlo,
hacerlo tuyo porque son seres carentes de espíritu. Sin embargo, todo cambia. Cuando
el pueblo domina la palabra, domina también el poder; porque ellas son el
poder.
Ellas
lo son todo y sin ellas no somos nada. Qué somos sino palabras en el tiempo
decía Machado. Cuando faltan el mundo se siente huérfano. Decimos que no
tenemos palabras cuando sentimos algo que nos parece inexplicable. Cuando
faltan las palabras el amor no tiene quien le escriba y el odio queda mudo. Cuando
faltan el mundo se ahoga con un nudo en la garganta. Las palabras pueden servir
para embargar corazones, para abordar almas, para endeudar canciones, para
albergar esperanzas. Pueden servir para que nadie muera del todo, para curar
heridas y aliviar dolores, y para que la magia siga siendo un trucco. Gracias
a ellas la valentía está en una carta de amor y no en las trincheras. Gracias a
las palabras las primaveras son más primaveras y los inviernos son menos fríos.
Gracias a ellas Bécquer sabe que poesía eres tú y las 500 noches de Sabina
también son tuyas. Gracias a ellas buscas y eres, creces y olvidas, hallas y mueres.
Porque existes gracia a ellas, porque son tu realidad y tu poder.
Gracias
a las palabras yo hoy te escribo y tú puedes leerme. Apasiónate de ellas, busca
su trasfondo y míralas como un espejo. Lee, escribe, habla, grita, escucha y
siéntelas. Cree en el poder de las palabras no para dominar, sino para sentir
que existes.