La
lluvia picaba en los cristales de la ventana creando un leve rumor que entraba
a la habitación, en consonancia con la escueta luz gris que la iluminaba. El
silencio de dentro era tranquilo, nada se movía ni se oía, todo estaba
contenido en una atmosfera que parecía predispuesta a revolverse en breve, era
como un universo distinto al de fuera, donde todo hacía tiempo que había
comenzado a funcionar. Sin embargo, se rompió. Un móvil sonó con fuerza y todo
parecía despertar, incluso ella. Con los párpados pegados y la voz fría y
quejumbrosa contestó: << ¿Sí...?; ¿Qué…?; no puede ser, pero si
habíamos dicho a las 12…; joder, joder, joder, vale, espera…, en 15 minutos
estoy, eh; no os mováis, ya voy. >> Miró la pantalla del móvil,
efectivamente, tenía 10 llamadas perdidas, y tres eran de ``AA Mamá´´. Rápidamente
se vistió de la mejor manera posible, cogió el móvil y las llaves y se marchó.
El piso quedó de nuevo en silencio, pero era un silencio dispuesto a romperse
en breve. Y así fue, entró como un tornado enfurecido, buscó las llaves del
coche hasta que las encontró y volvió a salir. Y el piso quedó nuevamente en su
quietud original.
Todos
los movimientos eran acelerados y estaba muy nerviosa. De repente el móvil
volvió a sonar: ``AA Mamá´´. Joder, qué momento más inoportuno, pensó.
Respondió con el móvil en la mano mientras procuraba mantener el coche recto:
<< Dime, ¿qué pasa?; No, mamá…; sí, mamá…; no, ¿por qué?; Ahora no puedo
hablar contigo, voy conduciendo y tengo mucha prisa, sí, ya te lo dije…>>
La lluvia que caía abundante sobre el cristal entorpecía la visión, la
conversación con su madre parecía no acabar y el retraso y la prisa que
arrastraba no hacía más que nublarle el juicio y la concentración. De pronto,
un frenazo sobre el asfalto mojado. Todo se pausó durante un segundo, y todo
volvió rápidamente y como un estruendo en un segundo. Tras el cristal, un señor
mayor movía los brazos airado y gritando, pero ella no entendía nada. Tras el
teléfono su madre preguntaba insistentemente qué había pasado. Pero ella no
estaba procesando nada. La tensión que había acumulado había terminado por
colapsar en su cabeza. Volvió en sí y su rostro desencajado por el atoramiento
de la situación hacía muecas de estallar en lágrimas. << Perdón, perdón
>> decía repetidamente con la mano levantada arrepentida.
Una
vez el hombre salió de la calle, se puso en marcha de nuevo. << Mamá
tengo que colgar…; nada que casi atropello a un hombre; bueno, vale, ya
veré…adiós >>. Llegó finalmente hasta la puerta de un teatro, donde
dejó el coche y entró.
-
Marina, por fin llegas... –una mujer de
mediana edad se acercó a ella con los brazos en jarra–.
-
Lo sé, lo sé, perdón... –se excusó sin
confianza porque sabía que no tenía excusa para su retraso y porque aún
arrastraba el frenazo de hacía unos momentos–, se me pasó la hora, por completo.
Sé que no tengo excusa. Discúlpame…
-
Bueno, no importa ya. Venga, vamos a
ponernos a trabajar.
Hacía
tiempo que Marina pertenecía a una compañía de teatro. Era su sueño desde
pequeña. Actuar para todos. Ser quien quisiera ser, tener los problemas de otras
personas durante un momento, enamorarse de alguien a quien nunca conoció,
llorar la muerte de un padre que nunca tuvo, en definitiva, sentir los
descalabros y las alegrías de personajes ajenos a ella; hacer de la realidad,
una ficción, y de la ficción, su realidad.
Tan
solo quedaba un mes para el estreno de la nueva obra. Las horas durante el
ensayo fueron largas y tediosas. Todo el día lo pasaron en el teatro, salvo
cuando salieron para comer. Las actuaciones no terminaban de funcionar y la
directora, quien, especialmente hoy, se sentía bastante molesta con el retraso
de su actriz principal y así se lo hizo ver con un ensayo exigente, ni siquiera
estaba totalmente de acuerdo con el guion. Nadie se sentía a gusto con el
desarrollo de la obra, pero todos confiaban en mejorar, sobre todo porque no
quedaba mucho tiempo para cambiarlo todo de arriba abajo.
El
ensayo acabó tarde. Era de noche cuando todos salieron del teatro, hacía frío y
corría viento, aunque ya había dejado de llover. El suelo de la entrada
resultaba bastante escurridizo. Marina salió de los últimos tras haber
escuchado y asentido dócilmente los reproches agrios de la directora. Una
compañera le llamó la atención:
-
Marina, ¿quieres venir con nosotros a
tomar algo? –preguntó esta en voz alta desde la puerta de salida, intuyendo ya
la respuesta–.
-
No, gracias. Prefiero llegar cuanto antes
a casa... ¡Otro día! –respondió con una sonrisa en la cara que despareció al
mismo tiempo que la otra chica cerraba la puerta.
Hay
días en los que es mejor no estar, porque la monotonía pesa demasiado, porque
no sale nada bien, porque todo parece estar en tu contra, te sientes realmente
cansada de ti misma; pero este tipo de días son los que más abundan en la vida
de todos, y a veces es mejor vivirlos; si no existieran no podríamos
identificar los pocos días en los que todo es mejor. Al final, la rutina lo
destruye todo, y si eso no sucede, tú misma te encargas de ello. Marina salió
del teatro finalmente y se aproximó al coche. Solo pensaba en llegar a casa,
darse una ducha e ir a la cama, sin embargo, todo volvió al cauce natural de
los días malditos. El pavimento de la entrada del teatro mojado por la lluvia
hizo que Marina cayera de espalda al suelo, soltando las llaves del coche que
se escurrieron hasta desaparecer por las rejas de una alcantarilla. <<
¡Joder, joder, ... no puede ser, joder! >> exclamaba repetidamente
mirando el fondo del desagüe. Por suerte las llaves habían quedado en un escalón
previo al agua, por lo que intentó meter su delgado brazo para atraparlas. Fue
imposible, las rendijas eran demasiado estrechas y su mano no alcanzaba a coger
las llaves. No supo que hacer y comenzó a agobiarse. Miró a su alrededor,
buscando tal vez algo que pudiera ayudarle, pero no encontró nada.
Se sentó en el bordillo a
llorar de impotencia, agobiada y, ahora, asqueada. Todo el día estuvo remando
en contra y la corriente pudo con ella. Solo quiso desahogarse con ella misma
sin esperanza de esperar nada mejor.