lunes, 25 de enero de 2021

CRUCE DE CAMINOS (2/3)

 

La lluvia picaba en los cristales de la ventana creando un leve rumor que entraba a la habitación, en consonancia con la escueta luz gris que la iluminaba. El silencio de dentro era tranquilo, nada se movía ni se oía, todo estaba contenido en una atmosfera que parecía predispuesta a revolverse en breve, era como un universo distinto al de fuera, donde todo hacía tiempo que había comenzado a funcionar. Sin embargo, se rompió. Un móvil sonó con fuerza y todo parecía despertar, incluso ella. Con los párpados pegados y la voz fría y quejumbrosa contestó: << ¿Sí...?; ¿Qué…?; no puede ser, pero si habíamos dicho a las 12…; joder, joder, joder, vale, espera…, en 15 minutos estoy, eh; no os mováis, ya voy. >> Miró la pantalla del móvil, efectivamente, tenía 10 llamadas perdidas, y tres eran de ``AA Mamá´´. Rápidamente se vistió de la mejor manera posible, cogió el móvil y las llaves y se marchó. El piso quedó de nuevo en silencio, pero era un silencio dispuesto a romperse en breve. Y así fue, entró como un tornado enfurecido, buscó las llaves del coche hasta que las encontró y volvió a salir. Y el piso quedó nuevamente en su quietud original.

Todos los movimientos eran acelerados y estaba muy nerviosa. De repente el móvil volvió a sonar: ``AA Mamá´´. Joder, qué momento más inoportuno, pensó. Respondió con el móvil en la mano mientras procuraba mantener el coche recto: << Dime, ¿qué pasa?; No, mamá…; sí, mamá…; no, ¿por qué?; Ahora no puedo hablar contigo, voy conduciendo y tengo mucha prisa, sí, ya te lo dije…>> La lluvia que caía abundante sobre el cristal entorpecía la visión, la conversación con su madre parecía no acabar y el retraso y la prisa que arrastraba no hacía más que nublarle el juicio y la concentración. De pronto, un frenazo sobre el asfalto mojado. Todo se pausó durante un segundo, y todo volvió rápidamente y como un estruendo en un segundo. Tras el cristal, un señor mayor movía los brazos airado y gritando, pero ella no entendía nada. Tras el teléfono su madre preguntaba insistentemente qué había pasado. Pero ella no estaba procesando nada. La tensión que había acumulado había terminado por colapsar en su cabeza. Volvió en sí y su rostro desencajado por el atoramiento de la situación hacía muecas de estallar en lágrimas. << Perdón, perdón >> decía repetidamente con la mano levantada arrepentida.

Una vez el hombre salió de la calle, se puso en marcha de nuevo. << Mamá tengo que colgar…; nada que casi atropello a un hombre; bueno, vale, ya veré…adiós >>. Llegó finalmente hasta la puerta de un teatro, donde dejó el coche y entró.

-          Marina, por fin llegas... –una mujer de mediana edad se acercó a ella con los brazos en jarra–.

-          Lo sé, lo sé, perdón... –se excusó sin confianza porque sabía que no tenía excusa para su retraso y porque aún arrastraba el frenazo de hacía unos momentos–, se me pasó la hora, por completo. Sé que no tengo excusa. Discúlpame…

-          Bueno, no importa ya. Venga, vamos a ponernos a trabajar.

Hacía tiempo que Marina pertenecía a una compañía de teatro. Era su sueño desde pequeña. Actuar para todos. Ser quien quisiera ser, tener los problemas de otras personas durante un momento, enamorarse de alguien a quien nunca conoció, llorar la muerte de un padre que nunca tuvo, en definitiva, sentir los descalabros y las alegrías de personajes ajenos a ella; hacer de la realidad, una ficción, y de la ficción, su realidad.

Tan solo quedaba un mes para el estreno de la nueva obra. Las horas durante el ensayo fueron largas y tediosas. Todo el día lo pasaron en el teatro, salvo cuando salieron para comer. Las actuaciones no terminaban de funcionar y la directora, quien, especialmente hoy, se sentía bastante molesta con el retraso de su actriz principal y así se lo hizo ver con un ensayo exigente, ni siquiera estaba totalmente de acuerdo con el guion. Nadie se sentía a gusto con el desarrollo de la obra, pero todos confiaban en mejorar, sobre todo porque no quedaba mucho tiempo para cambiarlo todo de arriba abajo.

El ensayo acabó tarde. Era de noche cuando todos salieron del teatro, hacía frío y corría viento, aunque ya había dejado de llover. El suelo de la entrada resultaba bastante escurridizo. Marina salió de los últimos tras haber escuchado y asentido dócilmente los reproches agrios de la directora. Una compañera le llamó la atención:

-          Marina, ¿quieres venir con nosotros a tomar algo? –preguntó esta en voz alta desde la puerta de salida, intuyendo ya la respuesta–.

-          No, gracias. Prefiero llegar cuanto antes a casa... ¡Otro día! –respondió con una sonrisa en la cara que despareció al mismo tiempo que la otra chica cerraba la puerta.

Hay días en los que es mejor no estar, porque la monotonía pesa demasiado, porque no sale nada bien, porque todo parece estar en tu contra, te sientes realmente cansada de ti misma; pero este tipo de días son los que más abundan en la vida de todos, y a veces es mejor vivirlos; si no existieran no podríamos identificar los pocos días en los que todo es mejor. Al final, la rutina lo destruye todo, y si eso no sucede, tú misma te encargas de ello. Marina salió del teatro finalmente y se aproximó al coche. Solo pensaba en llegar a casa, darse una ducha e ir a la cama, sin embargo, todo volvió al cauce natural de los días malditos. El pavimento de la entrada del teatro mojado por la lluvia hizo que Marina cayera de espalda al suelo, soltando las llaves del coche que se escurrieron hasta desaparecer por las rejas de una alcantarilla. << ¡Joder, joder, ... no puede ser, joder! >> exclamaba repetidamente mirando el fondo del desagüe. Por suerte las llaves habían quedado en un escalón previo al agua, por lo que intentó meter su delgado brazo para atraparlas. Fue imposible, las rendijas eran demasiado estrechas y su mano no alcanzaba a coger las llaves. No supo que hacer y comenzó a agobiarse. Miró a su alrededor, buscando tal vez algo que pudiera ayudarle, pero no encontró nada.

Se sentó en el bordillo a llorar de impotencia, agobiada y, ahora, asqueada. Todo el día estuvo remando en contra y la corriente pudo con ella. Solo quiso desahogarse con ella misma sin esperanza de esperar nada mejor.

lunes, 18 de enero de 2021

CRUCE DE CAMINOS (1/3)

 

La muerte es el único destino, pensó Gabriel mientras caminaba. Hay miles de maneras de morir: puedes morir atragantado tras haber preparado una cena en la que has invertido toda la tarde para prepararla, sería como prepararte toda la tarde para morir; puedes morir ahogado en la bañera, aquella que nunca usas salvo esa vez en la que decides darte el capricho; puedes morir tiroteado en plena batalla porque de repente tienes unas ganas inexplicables de cagar y debes bajar la guardia; puedes morir aplastado de camino a tu oficina porque llegaste tarde a trabajar justo el día  y el momento en el que la cabina cayó en picado.

Nunca sabes cómo vas a morir, ni cuándo, y es una sensación angustiosa que retumba en nuestro cerebro permanentemente, seguía meditando mientras se escondía en su chaqueta debido al frío. Nos pasamos todo el tiempo procurando evitar aquella muerte o esta otra, sorteando nuestro final como si tuviéramos las riendas de este. Exigimos una muerte digna, tal vez porque buscamos un final que al menos merezca más la pena que la pobre vida que llevábamos hasta el momento. Y pensamos que la hay, ¿qué es una muerte digna? No existe eso. Es agotador escuchar: << ¿de qué murió?>> <<Un infarto mientras leía.>> <<Bueno, al menos tuvo una muerte digna, ¿qué estaba leyendo?>> <<Qué hacer si sufres un infarto>>. Es una contradicción porque nosotros dignificamos según nuestro propio criterio lo que es digno o no, y dignificamos todo, incluso el final. Es ridículo. Y no solo eso, sino que la adjetivamos según la sociedad del momento, las muertes nos parecen valientes, cobardes, románticas, justas o injustas, etc. No debería preocuparnos tanto algo que es inevitable, sin embargo, lo hace. Es realmente ridículo, volvió a pensar.

Siguió caminando sin saber dónde ir porque a veces las ciudades te engullen la vida, te ves ahogado en un sitio con muchas direcciones sin sentido. Qué manera de dificultarnos una vida tan básica. La lluvia le había estropeado sus planes y no quería volver a casa tan pronto. Se refugiaba en cada portal y aprovechaba cada tregua que la tormenta le daba durante escasos minutos. Se decidió por ir a tomar un café. Cerca había una pequeña cafetería, recordaba. Unas calles más arriba, sí, se dijo. Deambuló con cuidado por el acerado que estaba resbaladizo. ¿Morir tras resbalarme y golpearme la cabeza?, no creo que sea la mejor forma de morir, pensó. La lluvia le caía en los ojos y le costaba mantener la mirada al frente, la chaqueta estaba empapada y le pesaba, y los calcetines se le habían encharcado, cosa que odiaba bastante. Quería llegar cuanto antes para sentir el calor del café bajando por su esófago. Cruzó una calle, y luego otra, rápidamente, y pisando algún que otro charco que lo hacía maldecir al aire. Cruzó otra calle sin mirar y de repente un fuerte frenazo de ruedas lo asustó. Su cara se contrajo por dos segundos de una manera horrible. El coche se quedó a pocos centímetros de sus rodillas. Tras el cristal consiguió ver a una chica que tenía una mano levantada en señal de disculpa y la otra agarrando el móvil pegado a la oreja, y la ira se apoderó de él:

 << ¡Ten más cuidado, joder, deja el móvil y mira por dónde vas! >>, gritó enfurecido.

De pronto se dio cuenta que seguía lloviendo y él seguía mojándose y volvió a ser su preocupación. Suspiró aún con el corazón latiendo exageradamente por el susto. Por poco no lo cuento, coño, suspiró. Siguió refugiándose en los soportales y aprovechando cada vano en las paredes de los edificios hasta que llegó a la cafetería. Tan pronto como entró el calor del local y el olor a café recién hecho le recorrió todo el cuerpo haciéndolo estremecer de placer durante un pequeño instante. Se despojó de la chaqueta empapada y se sacudió los zapatos encharcados. El café no estaba ni muy lleno ni muy vacío. El murmullo, que producían las conversaciones entremezcladas y la máquina de café, aislaba perfectamente sus pensamientos. Se acercó a la barra tras la que estaba un joven muchacho de cabello rizado y elegante vestimenta. Un café solo, por favor, dijo. O cualquier cosa que me hierva el esófago y me quite este maldito frío, pensó. Recorrió todo el local con la mirada hasta encontrarse a él mismo frente al reflejo de los grandes ventanales que daban a la calle. Miró su reflejo, con el pelo empapado que le caía por la frente, el rostro arrugado y la barba canosa, contemplando un cuerpo pesado en años. Qué luz tan triste hay aquí, pensó haciendo una mueca frente al cristal. Gracias, volvió a decir cuando el camarero le sirvió la taza de café. Esperó un instante antes de tomarlo, mirando las curvas que dibujaba el humo que salía de la taza y oliendo el intenso aroma del café. De repente recordó el susto que había tenido con el coche y reflexionó sobre lo curioso que sería pensar que este mismo café no lo estaría tomando si eso no hubiera sido solo un susto. Debería escribir sobre algo así, rumió; sobre las coincidencias y las segundas oportunidades, o terceras, o cuartas, …, y sobre la muerte, ¿por qué no? La muerte era su mayor preocupación desde siempre, y así lo demostraba en todo lo que escribía. Se hizo famoso con su trilogía: Cómo rechazar a la muerte, ¿Por qué tengo que morirme si yo no quiero? y Es imposible, habrá que morirse. Un escritor viejo y atormentado con la muerte, siempre ha pensado que le tocó una personalidad muy poco original, pero es algo irremediable.

-          Cuidado que se va a quemar –espetó el camarero riéndose mientras Gabriel aún sentía el ardor del café en la boca y se resistía a hacerlo visible en su cara–.

-          Era lo que necesitaba. Tenía que recuperarme del frío que hace fuera –dijo notando aún la lava hirviendo que derretía el interior de su cuerpo por donde iba pasando–. Además, es mi recompensa por haberme llevado el susto de antes en el que casi pierdo la vida.

-          ¿Qué le ha pasado? –preguntó el muchacho riendo por la exageración–.

-          No te rías, que es serio. Una estúpida casi me atropella porque no estaba a lo que tenía que estar. Allí, justo dos calles más atrás de la cafetería. Por poco no estoy ahora mismo aquí contigo. La vida vuelve a darme otra oportunidad, aunque no sé si la quiero.

-          ¿Y por qué no la iba a querer?

-          En realidad, sí la quiero. No me hagas caso. Solo que a veces me resulta agotador haber vivido y seguir viviendo, como si estuviéramos encadenados a algo de lo que no nos podemos soltar, pero tampoco nos sueltan cuando queremos. No sé si me entiendes –dijo el viejo escritor con desesperanza–. Aunque en realidad sí que podemos soltarnos nosotros mismos, pero claro, igual te arrepientes una vez lo has hecho.

-          ¿Me está diciendo que se quiere morir? –comentó el camarero riéndose con cara de incredulidad–.

-          No. O sí. No sé. Pregúntame cuando me beba el café. Creo que la muerte es un acto rutinario a la que estamos todos sometidos y abocados, lo cual me causa desánimo y tristeza. Creo que debería ser algo más mecanizado, evitando la incertidumbre diaria. No sé, como dar la oportunidad de morirse a voluntad. Por ejemplo, que cada cierto tiempo bajara la Muerte, con su sotana y su cara huesuda, y nos hiciera una encuesta a partir de los 50 años, y cada diez años, con la pregunta: ¿te quieres morir ya?; y marcas la casilla de Sí o No, o No lo sé, dame 5 días más, para los indecisos. Así sería más fácil y práctico, y evitas suicidios y todas las ridiculeces que le otorgamos al acto de morir. Tampoco tendrías que aguantar la actitud hipócrita de muchos que asisten a tu funeral con lágrimas impostadas, comentando todo el tiempo: << Siempre le gustaba vernos sonreír >> << Siempre era bueno con los demás >> << Nunca tuvo una mala palabra sobre nadie >>. Son todos imbéciles.

-          Ahí le tengo que dar la razón –contestó el joven–. Es triste que tenga que pasar algo terrible para valorarnos. Somos muy de hacer monumentos a título póstumo.

-          Exacto. Aunque sí me preguntas si me quiero morir. Seguramente te diría que no. Valoro mi vida, pero solo porque no sé qué hay después. Tengo miedo. Y lo tengo cada día. Cada día siento que es ese día, que es el último –dijo Gabriel llevándose la taza a la boca, dando el último trago de café–.

Pagó el café, se levantó despidiéndose del camarero que había escuchado sus pensamientos en voz alta, y se fue. Seguía lloviendo y el frío calaba hasta los huesos. Decidió irse a casa para cambiarse, al fin, de calcetines.

La simple complejidad

Esta obsesión desmedida por llegar  y perseguir aquello que espanta a la luna.  ¿Cuántas veces debo sacar la razón que une todas mis costura...