lunes, 18 de enero de 2021

CRUCE DE CAMINOS (1/3)

 

La muerte es el único destino, pensó Gabriel mientras caminaba. Hay miles de maneras de morir: puedes morir atragantado tras haber preparado una cena en la que has invertido toda la tarde para prepararla, sería como prepararte toda la tarde para morir; puedes morir ahogado en la bañera, aquella que nunca usas salvo esa vez en la que decides darte el capricho; puedes morir tiroteado en plena batalla porque de repente tienes unas ganas inexplicables de cagar y debes bajar la guardia; puedes morir aplastado de camino a tu oficina porque llegaste tarde a trabajar justo el día  y el momento en el que la cabina cayó en picado.

Nunca sabes cómo vas a morir, ni cuándo, y es una sensación angustiosa que retumba en nuestro cerebro permanentemente, seguía meditando mientras se escondía en su chaqueta debido al frío. Nos pasamos todo el tiempo procurando evitar aquella muerte o esta otra, sorteando nuestro final como si tuviéramos las riendas de este. Exigimos una muerte digna, tal vez porque buscamos un final que al menos merezca más la pena que la pobre vida que llevábamos hasta el momento. Y pensamos que la hay, ¿qué es una muerte digna? No existe eso. Es agotador escuchar: << ¿de qué murió?>> <<Un infarto mientras leía.>> <<Bueno, al menos tuvo una muerte digna, ¿qué estaba leyendo?>> <<Qué hacer si sufres un infarto>>. Es una contradicción porque nosotros dignificamos según nuestro propio criterio lo que es digno o no, y dignificamos todo, incluso el final. Es ridículo. Y no solo eso, sino que la adjetivamos según la sociedad del momento, las muertes nos parecen valientes, cobardes, románticas, justas o injustas, etc. No debería preocuparnos tanto algo que es inevitable, sin embargo, lo hace. Es realmente ridículo, volvió a pensar.

Siguió caminando sin saber dónde ir porque a veces las ciudades te engullen la vida, te ves ahogado en un sitio con muchas direcciones sin sentido. Qué manera de dificultarnos una vida tan básica. La lluvia le había estropeado sus planes y no quería volver a casa tan pronto. Se refugiaba en cada portal y aprovechaba cada tregua que la tormenta le daba durante escasos minutos. Se decidió por ir a tomar un café. Cerca había una pequeña cafetería, recordaba. Unas calles más arriba, sí, se dijo. Deambuló con cuidado por el acerado que estaba resbaladizo. ¿Morir tras resbalarme y golpearme la cabeza?, no creo que sea la mejor forma de morir, pensó. La lluvia le caía en los ojos y le costaba mantener la mirada al frente, la chaqueta estaba empapada y le pesaba, y los calcetines se le habían encharcado, cosa que odiaba bastante. Quería llegar cuanto antes para sentir el calor del café bajando por su esófago. Cruzó una calle, y luego otra, rápidamente, y pisando algún que otro charco que lo hacía maldecir al aire. Cruzó otra calle sin mirar y de repente un fuerte frenazo de ruedas lo asustó. Su cara se contrajo por dos segundos de una manera horrible. El coche se quedó a pocos centímetros de sus rodillas. Tras el cristal consiguió ver a una chica que tenía una mano levantada en señal de disculpa y la otra agarrando el móvil pegado a la oreja, y la ira se apoderó de él:

 << ¡Ten más cuidado, joder, deja el móvil y mira por dónde vas! >>, gritó enfurecido.

De pronto se dio cuenta que seguía lloviendo y él seguía mojándose y volvió a ser su preocupación. Suspiró aún con el corazón latiendo exageradamente por el susto. Por poco no lo cuento, coño, suspiró. Siguió refugiándose en los soportales y aprovechando cada vano en las paredes de los edificios hasta que llegó a la cafetería. Tan pronto como entró el calor del local y el olor a café recién hecho le recorrió todo el cuerpo haciéndolo estremecer de placer durante un pequeño instante. Se despojó de la chaqueta empapada y se sacudió los zapatos encharcados. El café no estaba ni muy lleno ni muy vacío. El murmullo, que producían las conversaciones entremezcladas y la máquina de café, aislaba perfectamente sus pensamientos. Se acercó a la barra tras la que estaba un joven muchacho de cabello rizado y elegante vestimenta. Un café solo, por favor, dijo. O cualquier cosa que me hierva el esófago y me quite este maldito frío, pensó. Recorrió todo el local con la mirada hasta encontrarse a él mismo frente al reflejo de los grandes ventanales que daban a la calle. Miró su reflejo, con el pelo empapado que le caía por la frente, el rostro arrugado y la barba canosa, contemplando un cuerpo pesado en años. Qué luz tan triste hay aquí, pensó haciendo una mueca frente al cristal. Gracias, volvió a decir cuando el camarero le sirvió la taza de café. Esperó un instante antes de tomarlo, mirando las curvas que dibujaba el humo que salía de la taza y oliendo el intenso aroma del café. De repente recordó el susto que había tenido con el coche y reflexionó sobre lo curioso que sería pensar que este mismo café no lo estaría tomando si eso no hubiera sido solo un susto. Debería escribir sobre algo así, rumió; sobre las coincidencias y las segundas oportunidades, o terceras, o cuartas, …, y sobre la muerte, ¿por qué no? La muerte era su mayor preocupación desde siempre, y así lo demostraba en todo lo que escribía. Se hizo famoso con su trilogía: Cómo rechazar a la muerte, ¿Por qué tengo que morirme si yo no quiero? y Es imposible, habrá que morirse. Un escritor viejo y atormentado con la muerte, siempre ha pensado que le tocó una personalidad muy poco original, pero es algo irremediable.

-          Cuidado que se va a quemar –espetó el camarero riéndose mientras Gabriel aún sentía el ardor del café en la boca y se resistía a hacerlo visible en su cara–.

-          Era lo que necesitaba. Tenía que recuperarme del frío que hace fuera –dijo notando aún la lava hirviendo que derretía el interior de su cuerpo por donde iba pasando–. Además, es mi recompensa por haberme llevado el susto de antes en el que casi pierdo la vida.

-          ¿Qué le ha pasado? –preguntó el muchacho riendo por la exageración–.

-          No te rías, que es serio. Una estúpida casi me atropella porque no estaba a lo que tenía que estar. Allí, justo dos calles más atrás de la cafetería. Por poco no estoy ahora mismo aquí contigo. La vida vuelve a darme otra oportunidad, aunque no sé si la quiero.

-          ¿Y por qué no la iba a querer?

-          En realidad, sí la quiero. No me hagas caso. Solo que a veces me resulta agotador haber vivido y seguir viviendo, como si estuviéramos encadenados a algo de lo que no nos podemos soltar, pero tampoco nos sueltan cuando queremos. No sé si me entiendes –dijo el viejo escritor con desesperanza–. Aunque en realidad sí que podemos soltarnos nosotros mismos, pero claro, igual te arrepientes una vez lo has hecho.

-          ¿Me está diciendo que se quiere morir? –comentó el camarero riéndose con cara de incredulidad–.

-          No. O sí. No sé. Pregúntame cuando me beba el café. Creo que la muerte es un acto rutinario a la que estamos todos sometidos y abocados, lo cual me causa desánimo y tristeza. Creo que debería ser algo más mecanizado, evitando la incertidumbre diaria. No sé, como dar la oportunidad de morirse a voluntad. Por ejemplo, que cada cierto tiempo bajara la Muerte, con su sotana y su cara huesuda, y nos hiciera una encuesta a partir de los 50 años, y cada diez años, con la pregunta: ¿te quieres morir ya?; y marcas la casilla de Sí o No, o No lo sé, dame 5 días más, para los indecisos. Así sería más fácil y práctico, y evitas suicidios y todas las ridiculeces que le otorgamos al acto de morir. Tampoco tendrías que aguantar la actitud hipócrita de muchos que asisten a tu funeral con lágrimas impostadas, comentando todo el tiempo: << Siempre le gustaba vernos sonreír >> << Siempre era bueno con los demás >> << Nunca tuvo una mala palabra sobre nadie >>. Son todos imbéciles.

-          Ahí le tengo que dar la razón –contestó el joven–. Es triste que tenga que pasar algo terrible para valorarnos. Somos muy de hacer monumentos a título póstumo.

-          Exacto. Aunque sí me preguntas si me quiero morir. Seguramente te diría que no. Valoro mi vida, pero solo porque no sé qué hay después. Tengo miedo. Y lo tengo cada día. Cada día siento que es ese día, que es el último –dijo Gabriel llevándose la taza a la boca, dando el último trago de café–.

Pagó el café, se levantó despidiéndose del camarero que había escuchado sus pensamientos en voz alta, y se fue. Seguía lloviendo y el frío calaba hasta los huesos. Decidió irse a casa para cambiarse, al fin, de calcetines.

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