La
muerte es el único destino, pensó Gabriel mientras caminaba. Hay miles de
maneras de morir: puedes morir atragantado tras haber preparado una cena en la
que has invertido toda la tarde para prepararla, sería como prepararte toda la
tarde para morir; puedes morir ahogado en la bañera, aquella que nunca usas
salvo esa vez en la que decides darte el capricho; puedes morir tiroteado en plena
batalla porque de repente tienes unas ganas inexplicables de cagar y debes bajar
la guardia; puedes morir aplastado de camino a tu oficina porque llegaste tarde
a trabajar justo el día y el momento en
el que la cabina cayó en picado.
Nunca
sabes cómo vas a morir, ni cuándo, y es una sensación angustiosa que retumba en
nuestro cerebro permanentemente, seguía meditando mientras se escondía en su
chaqueta debido al frío. Nos pasamos todo el tiempo procurando evitar aquella
muerte o esta otra, sorteando nuestro final como si tuviéramos las riendas de
este. Exigimos una muerte digna, tal vez porque buscamos un final que al menos
merezca más la pena que la pobre vida que llevábamos hasta el momento. Y
pensamos que la hay, ¿qué es una muerte digna? No existe eso. Es agotador
escuchar: << ¿de qué murió?>> <<Un infarto mientras
leía.>> <<Bueno, al menos tuvo una muerte digna, ¿qué estaba
leyendo?>> <<Qué hacer si sufres un infarto>>. Es una
contradicción porque nosotros dignificamos según nuestro propio criterio lo que
es digno o no, y dignificamos todo, incluso el final. Es ridículo. Y no solo
eso, sino que la adjetivamos según la sociedad del momento, las muertes nos
parecen valientes, cobardes, románticas, justas o injustas, etc. No debería
preocuparnos tanto algo que es inevitable, sin embargo, lo hace. Es realmente
ridículo, volvió a pensar.
Siguió
caminando sin saber dónde ir porque a veces las ciudades te engullen la vida,
te ves ahogado en un sitio con muchas direcciones sin sentido. Qué manera de
dificultarnos una vida tan básica. La lluvia le había estropeado sus planes y
no quería volver a casa tan pronto. Se refugiaba en cada portal y aprovechaba
cada tregua que la tormenta le daba durante escasos minutos. Se decidió por ir
a tomar un café. Cerca había una pequeña cafetería, recordaba. Unas calles más
arriba, sí, se dijo. Deambuló con cuidado por el acerado que estaba
resbaladizo. ¿Morir tras resbalarme y golpearme la cabeza?, no creo que sea la
mejor forma de morir, pensó. La lluvia le caía en los ojos y le costaba
mantener la mirada al frente, la chaqueta estaba empapada y le pesaba, y los
calcetines se le habían encharcado, cosa que odiaba bastante. Quería llegar
cuanto antes para sentir el calor del café bajando por su esófago. Cruzó una
calle, y luego otra, rápidamente, y pisando algún que otro charco que lo hacía
maldecir al aire. Cruzó otra calle sin mirar y de repente un fuerte frenazo de
ruedas lo asustó. Su cara se contrajo por dos segundos de una manera horrible.
El coche se quedó a pocos centímetros de sus rodillas. Tras el cristal
consiguió ver a una chica que tenía una mano levantada en señal de disculpa y
la otra agarrando el móvil pegado a la oreja, y la ira se apoderó de él:
<< ¡Ten más cuidado, joder, deja el
móvil y mira por dónde vas! >>, gritó enfurecido.
De
pronto se dio cuenta que seguía lloviendo y él seguía mojándose y volvió a ser
su preocupación. Suspiró aún con el corazón latiendo exageradamente por el
susto. Por poco no lo cuento, coño, suspiró. Siguió refugiándose en los
soportales y aprovechando cada vano en las paredes de los edificios hasta que
llegó a la cafetería. Tan pronto como entró el calor del local y el olor a café
recién hecho le recorrió todo el cuerpo haciéndolo estremecer de placer durante
un pequeño instante. Se despojó de la chaqueta empapada y se sacudió los
zapatos encharcados. El café no estaba ni muy lleno ni muy vacío. El murmullo,
que producían las conversaciones entremezcladas y la máquina de café, aislaba
perfectamente sus pensamientos. Se acercó a la barra tras la que estaba un
joven muchacho de cabello rizado y elegante vestimenta. Un café solo, por
favor, dijo. O cualquier cosa que me hierva el esófago y me quite este maldito
frío, pensó. Recorrió todo el local con la mirada hasta encontrarse a él mismo
frente al reflejo de los grandes ventanales que daban a la calle. Miró su
reflejo, con el pelo empapado que le caía por la frente, el rostro arrugado y
la barba canosa, contemplando un cuerpo pesado en años. Qué luz tan triste hay
aquí, pensó haciendo una mueca frente al cristal. Gracias, volvió a decir
cuando el camarero le sirvió la taza de café. Esperó un instante antes de
tomarlo, mirando las curvas que dibujaba el humo que salía de la taza y oliendo
el intenso aroma del café. De repente recordó el susto que había tenido con el
coche y reflexionó sobre lo curioso que sería pensar que este mismo café no lo
estaría tomando si eso no hubiera sido solo un susto. Debería escribir sobre
algo así, rumió; sobre las coincidencias y las segundas oportunidades, o
terceras, o cuartas, …, y sobre la muerte, ¿por qué no? La muerte era su mayor
preocupación desde siempre, y así lo demostraba en todo lo que escribía. Se
hizo famoso con su trilogía: Cómo rechazar a la muerte, ¿Por qué tengo que
morirme si yo no quiero? y Es imposible, habrá que morirse. Un
escritor viejo y atormentado con la muerte, siempre ha pensado que le tocó una
personalidad muy poco original, pero es algo irremediable.
-
Cuidado que se va a quemar –espetó el
camarero riéndose mientras Gabriel aún sentía el ardor del café en la boca y se
resistía a hacerlo visible en su cara–.
-
Era lo que necesitaba. Tenía que
recuperarme del frío que hace fuera –dijo notando aún la lava hirviendo que
derretía el interior de su cuerpo por donde iba pasando–. Además, es mi
recompensa por haberme llevado el susto de antes en el que casi pierdo la vida.
-
¿Qué le ha pasado? –preguntó el muchacho
riendo por la exageración–.
-
No te rías, que es serio. Una estúpida
casi me atropella porque no estaba a lo que tenía que estar. Allí, justo dos
calles más atrás de la cafetería. Por poco no estoy ahora mismo aquí contigo.
La vida vuelve a darme otra oportunidad, aunque no sé si la quiero.
-
¿Y por qué no la iba a querer?
-
En realidad, sí la quiero. No me hagas
caso. Solo que a veces me resulta agotador haber vivido y seguir viviendo, como
si estuviéramos encadenados a algo de lo que no nos podemos soltar, pero
tampoco nos sueltan cuando queremos. No sé si me entiendes –dijo el viejo
escritor con desesperanza–. Aunque en realidad sí que podemos soltarnos
nosotros mismos, pero claro, igual te arrepientes una vez lo has hecho.
-
¿Me está diciendo que se quiere morir?
–comentó el camarero riéndose con cara de incredulidad–.
-
No. O sí. No sé. Pregúntame cuando me beba
el café. Creo que la muerte es un acto rutinario a la que estamos todos
sometidos y abocados, lo cual me causa desánimo y tristeza. Creo que debería
ser algo más mecanizado, evitando la incertidumbre diaria. No sé, como dar la
oportunidad de morirse a voluntad. Por ejemplo, que cada cierto tiempo bajara
la Muerte, con su sotana y su cara huesuda, y nos hiciera una encuesta a partir
de los 50 años, y cada diez años, con la pregunta: ¿te quieres morir ya?; y
marcas la casilla de Sí o No, o No lo sé, dame 5 días más, para los indecisos.
Así sería más fácil y práctico, y evitas suicidios y todas las ridiculeces que le
otorgamos al acto de morir. Tampoco tendrías que aguantar la actitud hipócrita
de muchos que asisten a tu funeral con lágrimas impostadas, comentando todo el
tiempo: << Siempre le gustaba vernos sonreír >> << Siempre
era bueno con los demás >> << Nunca tuvo una mala palabra sobre
nadie >>. Son todos imbéciles.
-
Ahí le tengo que dar la razón –contestó el
joven–. Es triste que tenga que pasar algo terrible para valorarnos. Somos muy
de hacer monumentos a título póstumo.
-
Exacto. Aunque sí me preguntas si me
quiero morir. Seguramente te diría que no. Valoro mi vida, pero solo porque no
sé qué hay después. Tengo miedo. Y lo tengo cada día. Cada día siento que es
ese día, que es el último –dijo Gabriel llevándose la taza a la boca, dando el
último trago de café–.
Pagó
el café, se levantó despidiéndose del camarero que había escuchado sus
pensamientos en voz alta, y se fue. Seguía lloviendo y el frío calaba hasta los
huesos. Decidió irse a casa para cambiarse, al fin, de calcetines.
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