domingo, 26 de noviembre de 2023

La simple complejidad

Esta obsesión desmedida por llegar 

y perseguir aquello que espanta a la luna. 

¿Cuántas veces debo sacar

la razón que une todas mis costuras? 


Mi tiempo por unas palabras imposibles

que cambien la complejidad por un te quiero 

y la simpleza del decir en lo indecible, 

sin sufrir, sintiendo, ni echarlo de menos. 


Soñando con escribir mi mejor verso 

perdí la consciencia de un día cualquiera, 

hastiado de la poesía de usar y tirar. 


Tomando la última letra como un credo, 

juntando lo de dentro con lo de fuera,

dándole grandeza a un punto final.


miércoles, 3 de mayo de 2023

Estoy en contra

Lo más sencillo de escribir este texto ha sido elegir el título. Porque sí. Porque lo más fácil es estar en contra. ¿En contra de qué? Te preguntarás. En contra de todo y de nada al mismo tiempo. La oportunidad de ser equidistante y tocapelotas. La manera de devolver al barro a quien estaba a punto de zafarse. Estar en contra, la revolución de quien no tiene nada que decir. 

Estoy en contra de las listas, así que empezaré haciendo una lista de todo por lo que estoy en contra. Estoy en contra de los libros con portadas sacadas de películas o series. ¿Qué tipo de aberración editorial es esa? ¿Por qué sigue habiendo gente con ese mal gusto? Hay gente muy talentosa esperando una oportunidad de dibujar y diseñar ediciones preciosas, que hacen más atractivo un libro siempre. 

Estoy en contra del yo soy así. Pues no lo seas. Legitimar que eres un capullo con un yo soy así no te vale de excusa. Por ende, también estoy en contra de quienes dicen tienes que ser tú mismo. No. No. No. A veces no tienes que ser tú mismo. También me vale para este caso la frase de los niños tienen que aprender a ser ellos mismos. Pues no. Hay momentos para todo, hay que saber adaptarse a las circunstancias, hay veces que tienes que ser diferente. La verdadera inteligencia está en detectar cuándo ser la persona correcta en el momento correcto. 

Estoy en contra de no llamar a las cosas por su nombre, y de ponerle nombre a todas las cosas, sobre todo si es en inglés. Dar vueltas y vueltas a la palabra que querrías decir, pero prefieres buscar otra que se aleje de su verdadera esencia. Aquí es donde me doy cuenta que para hablar hay que ser valiente, escoger las palabras exactas y tener los arrestos de pronunciarlas, sabiendo que todo lo que digas tiene un gran peso. De añadir -ing a los verbos mejor ni hablamos.  

Estoy en contra de la exposición banal, del objetivo de llamar la atención sin ser nada. Estoy en contra del no tener nada que ocultar, la transparencia excesiva y la ausencia de intimidad. Me cansa la elección de siempre querer contar algo sin nada que contar; gustar a todo el mundo, en un mundo con gusto de usar y tirar. Exhibir unos aires de grandeza que llevan a la nada absoluta. 

Estoy en contra del uso de razón exagerado y de la sobreinformación. No digo que no debamos tener curiosidad diaria y hacer un buen uso del sentido común y de la reflexión. Pero donde antes la revolución estaba en el pensar, ahora creo que reside en el no pensar, en aburrirse. La sobrecarga de estímulos que recibimos a lo largo de un solo día es ingente. Lo siento mucho, pero necesito aburrirme. Y esto me lleva a pensar que también estoy en contra de los sabelotodo. De veras, no necesitamos siempre su opinión, ni siquiera su opinión es siempre válida y respetable. En ocasiones aportamos mucho más con nuestro silencio. No sabe de todo y no pasa nada. Tampoco yo. De hecho, este texto no tiene por qué ser algo válido ni respetable. Eso lo juzgará el tiempo y el aprecio que me pueda tener cualquiera que me lea. 

Estoy en contra de la falta de pasión. No me pondré melodramático diciendo que vivo en un mundo frío porque no es así. Sin embargo, me frustra soberanamente quien no se apasiona de cualquier cosa que haga. Los motores más fuertes que hacen retorcer este mundo son el amor y la pasión, o el amor por la pasión, una cosa lleva a la otra, y la otra lleva a la vida. 

Yo estoy en contra de quienes están en contra de todo. No entiendo la queja eterna. Estar siempre en pie de guerra, nada parece bien hecho, siempre hay algún problema que crear. Me cansa la ausencia de la palabra solución en sus vocabularios. Me cansa la falta de esfuerzo por mejorar. Resulta muy dificultoso elaborar respuestas, parece que la solución se esconde y nadie está dispuesto a encontrarla. Harto de estar en contra, estoy en contra de mí. Estoy en contra de este texto. Estuve pensando en escribir sobre por qué estoy a favor, pero como dije al principio, lo sencillo es estar en contra. 

jueves, 2 de junio de 2022

La entropía te cambia la vida

 

¿Casualidad o destino? La eterna pregunta. Creer que tu vida la maneja el azar, el desorden, la alineación de los astros de las 20 galaxias más próximas. O creer que está escrita, que no tienes nada que hacer salvo verla pasar, que es Dios quien maneja tus hilos, el horóscopo, la Virgen de Lourdes y sus milagros o la gitana que te lee la mano.  

Yo siempre he sido de los primeros. Me costaba creer en los devenires programados de la Divina Providencia, me resistía a pensar que hay algo escrito y que yo no puedo hacer nada por cambiarlo. Siempre he sido de los que prefieren decir que es una mera casualidad y que esta no va a desviar el camino que yo mismo me marco. Me resistía a pensar que yo no controlo nada, porque no depende de mí y por mucho que me esfuerce seguirá igual. Si eres de este primer grupo como lo era yo, entonces esto te va a interesar. Si eres del segundo también, solo que eres del segundo grupo.

¿Y si te dijera que no existen las casualidades? ¿Y si te dijera que todos tus esfuerzos por dirigir tu vida están siendo inútiles? ¿Y si te dijera que los del segundo grupo llevan razón, y ni lo saben? Yo, que era un ferviente defensor del azar y del nada pasa por nada, aquí me hallo, diciéndote que todo lo que te va a pasar, incluso esto que escribo, estaba destinado. Lo podemos llamar destino, Sagradas Escrituras o el horóscopo semanal de Sagitario, pero existe. ¿Qué, por qué te digo esto? Verás, te cuento.

Hace un tiempo una amiga me hablaba de un término que se escapaba de mi capacidad de comprensión, pero que suscitó mi curiosidad. La entropía. Tranquilo, si eres alguien que entiende de Física no te hablo de nada nuevo, de hecho, seguro meta la pata, me podrás perdonar; pero para el resto de mortales es un término que no necesita de fórmulas ni matemáticas para comprenderlo. Es sencillo, si lo entendí yo, que a veces cuento con los dedos la vuelta en metálico, tú también.

La entropía es la segunda ley de la termodinámica, un proceso molecular que mide el desorden. Es decir, para que nos entendamos, la entropía es un proceso de probabilidades. Todo aquello que tenga más probabilidad de ocurrir, será lo que ocurra. Por ejemplo, si lanzo dos dados, el número que se pueda combinar más veces entre los dos dados será el que salga con mayor probabilidad. Es fácil, ¿verdad? Bien, ahora, y que me perdonen los expertos en física, vamos a darle un sentido más trascendental. Tu vida es entropía. Todo lo que te pasa en este mundo no es más que una probabilidad de moléculas que se ordenan y desordenan constantemente. Que las lentejas te salgan mal no es entropía es que no le has echado sal, la entropía está en el proceso de olvido que ha ocurrido para que tú no le eches. Que la chica que te gusta no te escriba no es entropía, la entropía está en que tú no tomas la decisión de hablarle. La entropía no es el resultado, es el proceso. O más bien, los procesos. Todo lo que va ocurriendo a tu alrededor no es más que una probabilidad que se tenía que dar. ¿Eres tú capaz de cambiar esa probabilidad y jugar a ser el amo de tu destino? Evidentemente que no. ¿Y cuando pasa algo que realmente era muy poco probable entonces, es entropía? Evidentemente que sí. Porque la probabilidad no la defines tú. Hay miles, millones, de factores que desconoces y que van definiendo todo lo que ocurre. El dado depende de la fuerza con la que lo lanzas, la fricción con el aire y la superficie que lo frena, la posición, la presión, etc. Tu vida igual.

Te afectan las decisiones que tomas y las que no tomas. Tu existencia está definida por todo esto. A veces resulta angustioso pensar que elegir o no elegir puede cambiarte la vida para siempre sin saber cuándo, cómo ni dónde; que es responsabilidad tuya y al mismo tiempo no. El existir y tener un propósito o fin en la vida, sabiendo que no tiene sentido alguno. Existir en ti mismo y en los demás, como un pequeño mundo dentro de otros más grandes. Siempre me gusta recordar una de mis escenas favoritas, cuando Robin Williams en El club de los poetas muertos habla a sus alumnos sobre la poesía, el amor y la vida y les dice: “Que prosigue el poderoso drama y tú puedes contribuir con un verso”.

Pues de esto va la cosa, de vivir por aquello que nos mantiene vivos. Un te quiero no expresado no existe, sin embargo, si lo expresas puede cambiar la vida a quien lo dice y a quien lo recibe. Bob Dylan dice en una de sus canciones que el mundo se divide en dos tipos de personas, aquellas que están ocupadas en nacer y aquellas que están ocupadas en morir. Decide en qué quieres ocuparte tú.

Nos alegra cuando nos va bien y decimos con orgullo que es lo que tenía que pasar. Y es duro cuando sucede al contrario y lo achacamos con frecuencia a la casualidad, a una mala racha. A veces tomamos decisiones con demasiada ligereza, pero claro, no podemos vivir angustiados con tanta responsabilidad. Por ello, te digo que disfrutes del desorden, del destino o de la voluntad del hada madrina. Las cartas ya están sobre la mesa. La entropía te cambia la vida. Por suerte a mí la chica me escribió.

martes, 20 de julio de 2021

El poder de las palabras

De mi larga estancia en Italia aprendí, entre otras cosas, el enorme poder que tienen las palabras sobre nosotros, el poder que tienen para moldear la realidad, para ocultarnos del caos y el miedo a lo desconocido. Aprender un nuevo idioma me enseñó que no importa qué lengua sea, que en todas buscamos lo mismo, que tienen el mismo valor. Un ejemplo de ello fue la palabra italiana trucco, que en español significa maquillaje; me fascina pensar en el trasfondo de esta palabra, en cómo parece decirte que cuando te maquillas estás haciendo magia, estás enseñando al mundo un truco para sorprenderlo, para que crean que es eso lo que existe, pero que no es la realidad. Todo eso está comprendido en ella y, aparentemente, no lo percibimos. 

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, sin embargo, yo creo que mil palabras son muchas más imágenes. Creo que eso es subestimarlas y no otorgarle el verdadero valor que tienen. Yo siempre he admirado a las personas que tienen la palabra justa en cada momento, que saben qué decir y cuándo decirlo, incluso cuando no hace falta decir nada, porque el silencio es lo más correcto, ahí ellos descifran lo que sientes y hallan la palabra medida para lo que sientes.

Mi padre siempre me ha dicho que las palabras se las lleva el viento, sobre todo cuando hacen daño. Pero yo sé que no es así, que eso es solo un falso consuelo. Las palabras pueden permanecer inamovibles y eternas si calan hasta los huesos, pueden retumbar en tu cabeza como el eco del golpe del martillo sobre el yunque. Estas pueden tener la fuerza de un tornado sobre ti, para bien o para mal.

Las palabras pueden ser llaves que abren cofres llenos de recuerdos, que abren puertas a otros mundos. Son nuestra memoria y la de otros, son las huellas de quienes ya no están, son gritos de auxilio y cantos a la alegría. Son perdón y olvido.

La historia de una palabra es la historia de las personas. A partir del momento en el que se crea por primera vez el lenguaje complejo nos separamos del caos. El lenguaje es nuestra manera de interpretar el mundo, pues solo existimos si este nos hace existir. Es nuestro espejo y a través de él pensamos. Crecemos con las palabras, pues son nuestra mayor fuente de vida. Nuestra necesidad es siempre la de dar forma a todo lo que nos rodea, a toda esencia que es ajena a nosotros hasta que se convierte en palabra. Definimos amor, muerte, vida, odio, terror, miedo, sufrimiento, alegría o pasión, sin tener mucha idea de qué significan, pero necesitamos amasarlo, necesitamos hacerlo palabras. Es nuestra única ocasión de jugar a ser dioses.

Atesoramos palabras sin miedo al peligro, pero estas también pueden herir, humillar, decepcionar, destruir, arrancar o matar todo cuanto somos. Son armas de manipulación, mentiras camufladas, son disfraces de almas malvadas, son susurros de odio y cortinas de ignorancia. Las palabras nos hacen libres hasta que se convierten en grilletes pesados y condenas eternas que arrastrar.

La historia del ser humano es la historia de las palabras. Desde las primeras civilizaciones dominar la palabra ha sido sinónimo de poder, y los dueños de este poder siempre lo han sabido. Negar al resto este dominio es esclavizarlo, hacerlo tuyo porque son seres carentes de espíritu. Sin embargo, todo cambia. Cuando el pueblo domina la palabra, domina también el poder; porque ellas son el poder.

Ellas lo son todo y sin ellas no somos nada. Qué somos sino palabras en el tiempo decía Machado. Cuando faltan el mundo se siente huérfano. Decimos que no tenemos palabras cuando sentimos algo que nos parece inexplicable. Cuando faltan las palabras el amor no tiene quien le escriba y el odio queda mudo. Cuando faltan el mundo se ahoga con un nudo en la garganta. Las palabras pueden servir para embargar corazones, para abordar almas, para endeudar canciones, para albergar esperanzas. Pueden servir para que nadie muera del todo, para curar heridas y aliviar dolores, y para que la magia siga siendo un trucco. Gracias a ellas la valentía está en una carta de amor y no en las trincheras. Gracias a las palabras las primaveras son más primaveras y los inviernos son menos fríos. Gracias a ellas Bécquer sabe que poesía eres tú y las 500 noches de Sabina también son tuyas. Gracias a ellas buscas y eres, creces y olvidas, hallas y mueres. Porque existes gracia a ellas, porque son tu realidad y tu poder.

Gracias a las palabras yo hoy te escribo y tú puedes leerme. Apasiónate de ellas, busca su trasfondo y míralas como un espejo. Lee, escribe, habla, grita, escucha y siéntelas. Cree en el poder de las palabras no para dominar, sino para sentir que existes.


jueves, 18 de marzo de 2021

Un sí después de todo

 Quiero creer que esta vez es la buena,

quiero creer en el final de la noche, 

quiero creer que en mis oídos ya no suena

aquella canción llena de reproches.


Quiero creer que no volverá a salir cruz, 

quiero creer en los fantasmas caídos al olvido, 

quiero creer que un nuevo mar azul

que se lleve al fin todo lo que he sido. 


Quiero creer que el tiempo vuela, 

quiero creer en el sí después de todo, 

quiero creer que el dolor ya no duela

aunque me consuele dolerme solo. 


Quiero creer que el fuego vuelve a arder, 

y el amor, con versos, vuelve a crecer. 


lunes, 15 de febrero de 2021

UNA CARTA QUE DURE PARA SIEMPRE

 Querida Elisa:

Te escribo esta carta con el presentimiento de que pudiera ser la última. De hecho, ni siquiera sé si esta llegará a tus manos. Aquí el aire huele a desgracia. Desde que nos encerraron, cada noche llaman a unos cuantos y se los llevan. Todos lloran, gritan, insultan, golpean, para luego no volver. Suspiro cada mañana porque es un día más y cada noche temo que me llame la muerte que nunca imaginé.

Tengo tantas cosas que decirte que, a veces, creo que ya está todo dicho. No sé cómo se escribe una carta de despedida; ni siquiera sé cuáles van a ser mis últimas palabras. Pienso en las promesas que nunca cumplí y en todo por lo que tengo que pedir perdón. En lo ingenuo que fui por tenerte y no saber quererte como mereces.  Sabes que nunca fui quien querías que fuera, que nunca te miré como tú me mirabas, que nunca estuve cuando debía estar y ahora ya es tarde. Por todo ello, te pido perdón.

En todas estas noches, he pensado en ti. En nosotros. En estos días donde todo es confuso, tú has sido mi refugio. Y sin darme cuenta, siempre lo fuiste. Crecimos juntos y soy quien soy gracias a ti. Miro la foto que me regalaste y recuerdo la primera vez que te vi, sentada en el suelo acariciando un gato callejero. Me senté a tu lado, me miraste con la profundidad de quien sabe ver detrás de unos ojos negros, y me dijiste, ven. Y te seguí hasta el patio trasero de la taberna de tu padre. Mi cara de asombro contrastó con tu rostro alegre al ver que todos los gatos que había allí se te acercaban. << Venga y ayúdame >> me dijiste. Desde ese momento supe que habías visto algo en mí que yo jamás hubiese sido capaz de identificar. Y eso es algo por lo que siempre te estaré agradecido.

Echaré de menos ir contigo a comernos los higos del campo del viejo Marcelo, que nos pille y salgamos huyendo. Voy a echar de menos escucharte reír, y hablar, y hablar, y hablar, porque siempre vas a estar hablando, y yo siempre estaré escuchándote de todo lo que quieres ser en la vida, de todo cuanto anhelas conseguir por tu propia mano, sin deber a nadie nada. Eso estará bien, querida mía. Pero no importa en quién te conviertas, porque cualquiera ya podría estar orgulloso de ti. Yo lo estaré siempre.

Recuerdo la última vez que nos vimos, cuando te dije que debía ir a luchar y tú me reprochaste con lágrimas en los ojos, que tiraría por la borda tantos años juntos por algo insignificante, que no merecía la pena morir por una causa. Ahora me doy cuenta de que tenías razón. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo, buscarte e ir contigo lejos. Pero como digo, ahora ya es tarde.

Pienso en el bonito consuelo que ha sido estar contigo, en lo bonito que es hallar un mundo en un alma, donde poder vivir para siempre. Tal vez los poetas que cantan tanto al amor lleven razón y sea eso lo único por lo que merezca la pena vivir. A quien encuentres a lo largo de tu vida le pido que no sea tan necio como lo he sido yo, que te escuche y sepa que quieres vivir junto al mar, que te encantan los atardeceres y caminar hasta perderte; que jamás estarás hecha para una vida ya trazada, que te inventarás tu propia vida y esta será grandiosa.

Ahora sé que empiezas a entender la vida cuando te alejas de ella. ¡Qué desesperanza tan grande! Solo espero que, si alguna vez esta u otra vida nos volviera a encontrar, no vuelva a equivocarme. Que las promesas que yo haga no se firmen en algo tan efímero. Que haya una parte de ti en mí, para siempre.

Sé que no muero si tú existes, sé que no muero si estoy contigo. Así que si esta es la última carta que te escribo, entonces ya sé qué palabras quiero escribirte por última vez: te quiero.

Tuyo. Para siempre.

14 de febrero de 1940


Esta carta ha sido premiada en la categoría de Mejor Autor Local, en el V Concurso Nacional de Cartas de Amor de Mengíbar (Jaén). También está publicada en la web oficial del ayuntamiento de Mengíbar, junto a las demás premiadas.

viernes, 5 de febrero de 2021

CRUCE DE CAMINOS (3/3)

 El despertador sonó como un martillo en su cabeza. Siempre se asustaba estrepitosamente, aún estando acostumbrado a levantarse tan temprano desde hacía tiempo. Se sentó al borde de la cama con los codos sobre sus muslos y el rostro escondido entre sus manos; intentando despejarse, deambulando por una fase intermedia entre dos mundos. Creyéndose ya despierto, se decidió por comenzar el ritual de cada mañana. En silencio y con la mente en blanco. Sus movimientos eran prácticamente mecánicos, como si de un autómata se tratara. Con el sueño persiguiéndole aún se desnudó y se vistió, fue a la cocina para hacerse un café. Cuando hubo acabado, cogió las llaves y atravesó el pasillo, deteniéndose junto a una puerta entreabierta. Allí, entre la oscuridad que inundaba la habitación, reconoció la silueta de una persona sentada al borde de la cama.

-          Pero ¿qué haces despierta? –preguntó entrando a la habitación–.

-          Buenos días, querido –una mujer de avanza edad intentaba, dificultosamente, levantarse–. ¿Ya te vas, hijo?

-          Sí... ahora vuelve a la cama, por favor, no es hora de que ya estés despierta –dijo cariñosamente, mientras la ayudaba con las sábanas–.

-          Bueno, está bien... oye, ¿crees que hoy podrías acercarte a por lo que te pedí?

-          ¿Te refieres a las entradas para el teatro? –él ya sabía que se refería a eso, pero lo preguntaba casi por inercia–.

-          Sí, me gustaría volver. Además, escuché que estrenan una nueva obra dentro de poco. Podrías comprarlas, tal vez, al salir del trabajo, ¿no te parece?

-          No lo sé, mamá. Tal vez... –no pudo resistir la mirada tierna que brillaba en sus ojos y cedió– Bueno, haré lo que pueda, ¿vale?

-          Está bien, hijo. Bueno seguiré durmiendo. Ten cuidado.

-          Adiós –dijo finalmente y se marchó–.

Del edificio salió con una bicicleta. Miró al cielo con el gesto torcido. Más vale que me dé prisa, o me pondré chorreando, pensó. Sobre él, una nube grisácea se erguía poderosamente con intención de descargar toda su furia. Se puso en marcha rápidamente. Pedaleó sin parar, pero fue inútil. Pronto sintió que las primeras gotas caían en su cabeza y en sus manos. Volvió a mirar al cielo como recordatorio de que debía darse prisa, así que pedaleó más rápido aún. Llegó a su destino, apeándose velozmente de la bici y encadenándola. Entró en el local, encontrándolo totalmente vacío.

-          Buenos días, Miguel –un hombre corpulento apareció tras una puerta negra al fondo del local–.

-          Buenos días –contestó–.

-          Hoy está el día feo, ¿no crees? –preguntó este sin esperar respuesta pues inmediatamente volvió a hablar–. Quería comentarte una cosa, verás... –su voz sonaba nerviosa y el exagerado movimiento de sus manos terminaba por confirmarlo–, llevamos unos meses con pocos ingresos y a veces me cuesta mantener la cafetería a buen nivel, tal vez solo sea una mala racha, pero tras pensarlo mucho creo voy a tener que prescindir de ti. Es decir, a lo mejor no es definitivo, chico…pero no sé, por ahora vamos a esperar y yo mismo me encargaré de la cafetería. Puedes trabajar hoy, no te preocupes, te pagaré el día, de veras –daba igual todo lo que dijese a partir de ahora, todas sus palabras estaban cayendo como piedras sobre su cabeza–, pero ya te digo, eh, que igual te llamo de aquí a unos meses; no sé, espero que todo esto cambie, lo siento, de verdad que lo siento... –desapareció tras la puerta por la que había salido–.

Apoyado con las manos sobre la barra, su cabeza cayó en picado hasta encontrar su pecho. Su rostro se ensombreció y se sintió, por un momento, derrumbado. Hacía tiempo que trabajaba en esa cafetería, y a veces era su único sustento. Vivía con su madre enferma, que apenas tenía una pequeña paga por su dolencia. << ¿Qué hago yo, ahora? >> dijo en un suspiro. No era la primera vez que se enfrentaba a una situación de este tipo, pues la realidad era casi siempre la misma; la precaria situación que vivía en su casa lo empujaba constantemente a dedicar su tiempo por completo a trabajar y a cuidar de su madre, obligándose a repudiar cualquier digna vida que se le pasara por la cabeza. Sin embargo, pese a no ser la primera vez, todas dolían igual. La idea de encontrarse en el mismo punto de partida lo perseguía. Algunas lágrimas brotaron de sus ojos, no pudiendo resistir la impotencia. ¿Qué hago ahora?, pensó desesperanzado. Pero no le dio tiempo a pensar nada más, pronto hubo de recomponerse rápidamente, pues acababan de entrar unos clientes. Se pasó el brazo por la cara, secándose las lágrimas e intentando disimular la decepción.

Un reguero discontinuo de clientes entró y salió a lo largo del día. Todos pasaban desapercibidos en un sitio como ese, las personas llegan, consumen algo, pagan y se van, sin más. Su presencia allí es efímera y para Miguel lo sentía como un trabajo anodino. Y más ese día, donde la desesperación y la tristeza lo perseguían a cada momento, recordándole la mala noticia, y pensando, constantemente, qué haría después.

A cierta hora de la mañana lo llamó su madre por teléfono para recordarle lo que habían hablado esta mañana. De pronto Miguel se puso muy nervioso: las malditas entradas que le había dicho que iba a comprar. ¿Cómo permitirse el lujo con la noticia del despido? La desesperación de no saber qué hacer o qué decirle a su madre lo volvió a consumir. Optó por mentirle, por decirle que las compraría al salir. ¿Qué podía hacer sino? Le daba miedo decirle la verdad, preocuparla a sabiendas de que ella ya tiene suficiente con lidiar con su enfermedad; y él solo deseaba hacerle más llevadero el resto de su vida. Qué horror sentir que nunca puedes vivir una vida digna.

Durante el día que siguió, Miguel trabajó como cada día. Era lo mejor, pensó, si me hubiera ido a casa estaría peor, al menos así me despejo. Tenía razón el tránsito de gente diluía su tristeza ocasionalmente. En ese momento llegó un señor mayor a la barra. Lo miró con lástima, el pelo mojado le caía por la frente y las manos le temblaban de frío. El hombre mayor resultó ser una gran distracción para Miguel: la conversación que este le entabló no era de lo más gratificante, pero no importaba, escucharlo le resultaba satisfactorio. Estuvieron hablando largo rato, hasta que finalmente, el hombre se marchó con mejor cara con la que había llegado. Miguel lo miró alejarse hasta desaparecer como la gota que cae y se pierde en un charco. La conversación luchaba en su cabeza por seguir sirviendo de distracción, pero la tristeza volvió a él pronto.

El día acabó como tantos otros. La cafetería quedó completamente vacía. Miguel terminó de limpiarlo todo y de recoger. Como un resorte, de la misma puerta negra de la que esta mañana había aparecido, el hombre corpulento salió para decirle: << No te preocupes, Miguel, ya cierro yo. Muchas gracias por todo. Suerte >>. Y salió del local sabiendo que mañana no volvería allí.

Había dejado de llover hacía un rato. Las calles estaban húmedas y era de noche. Miguel conducía su bicicleta pensando qué hacer cuando llegara a casa y viera a su madre; ¿qué decirle? ¿mentirle de nuevo o decirle la verdad? Pero, ¿cómo? Si mañana no volvería a trabajar. No podía dejar de pensarlo y sentirse cada vez más abatido. De pronto algo llamó su atención. En la calle había una chica sentada. Parecía que estaba llorando con la cabeza apoyada sobre sus rodillas. Decidió pararse y ver qué le pasaba:

-          Disculpa, ¿estás bien? –preguntó acercándose poco a poco a ella; no recibió respuesta inmediata, así que insistió mientras ella se recomponía al verlo–. ¿Estás bien?

-          Sí... –contestó ella secándose las lágrimas de la cara e intentando levantarse–.

La bicicleta quedó tirada en la calle. La noche y la calma llegada tras la tormenta encerraban el espacio frío y solitario en el que se encontraban. Parecía como si solo existieran ellos dos por un momento en todo el planeta y justo se hubiesen encontrado por primera vez.

-          No lo parece, ¿seguro que estás bien? –le respondió Miguel intrigado y mirándola con lástima; sus pensamientos se habían esfumado al verla a ella, es como si la desgracia de otros nos eximiera de la nuestra propia–.

-          Sí... es que no estoy teniendo muy buen día y de repente me he agobiado mucho y bueno... –hizo una pausa mirando a todos lados, como si se hubiera olvidado de su problema presente y de pronto le volviese a la cabeza–. Se me han caído las llaves del coche por la alcantarilla y no puedo cogerlas, y ahora no tengo cómo llegar a casa –los dos se acercaron a la arqueta para examinar la situación, ella sin esperanza, él por retrasar más su llegada a casa–.

-          Están muy lejos... –dijo él intentando meter la mano para atraparlas, pero sabiendo que sería inútil–.

-          Déjalo... es imposible, no sé qué voy a hacer ahora.

-          La verdad es que yo tampoco sé muy bien qué se hace en estos casos. Tal vez podrías a avisar a la policía. No sé... siento no serte de mucha ayuda –los dos se sentaron en el suelo, ella desesperada y confundida, él sin saber cómo ayudarla, pero sin querer marcharse de allí–.

-          Da igual…hoy ya no quiero hacer nada más, solo irme a casa –dijo ella intentando disimular el sollozo–.

-          Te puedo ofrecer ir en mi bici y acercarte a casa, pero claro, no me conoces de nada, tal vez es un poco incómodo…por cierto, soy Miguel.

-          Yo Marina. Da igual, te lo agradezco, creo que llamaré a un taxi. ¿Aunque puedo pedirte algo? ¿Puedes quedarte conmigo hasta que venga? –era verdad que no lo conocía de nada, pero sentía que necesitaba que alguien la acompañara durante un rato–.

-          Claro, sin problema –respondió sin pensárselo dos veces, tal vez no era la mejor idea, pero era lo único que quería, retrasar sus problemas, olvidarlos por un momento durante el día–.

-          Está bien. Te lo agradezco, de veras –Marina en ese momento sintió que podía desahogarse con ese chico al que no conocía de nada, que tal vez necesitaba hablar un rato, dar forma a la tensión y el abatimiento acumulado en su interior; lo sintió de pronto como una salida, un respiro–. Llevo un día malísimo: desperté y ya llegaba tarde a trabajar, porque me había dormido, soy realmente un desastre...

-          ¿Dónde trabajas?

-          Aquí, en el teatro. Soy actriz y estamos a un mes de estrenar una nueva obra. Y se nota. Hoy, por mi descuido, la directora ha soltado toda su furia contra mí. Todo le parecía mal y me quitaba las ganas de actuar. Me sentía verdaderamente agotada desde el primer momento.

-          ¡Genial! Trabajas en el teatro... tal vez tú puedas ayudarme con…

-          Ah, y luego casi atropello a un señor mayor. Justo unas calles más atrás. Iba hablando con mi madre, discutiendo más bien, porque no tenía ganas de aguantar su sermón, iba conduciendo y me distraje, y por poco hoy se convierte en el peor día de mi vida…

-          ¡Anda! ¡Eso me suena! –dijo Miguel asombrado por la coincidencia al recordar la conversación con el viejo escritor en la cafetería– Tú eres la chica que me dijo él. Esta mañana me vino un señor contándome que casi es atropellado, y claro, supongo que serías tú.

-          Pues sí. Así estamos. Y luego esto –dijo señalando a la alcantarilla donde aún se encontraban las llaves–. Me caigo, y con tan mala suerte que las llaves van a parar allí. ¡Horrible todo!

-          Si te consuela, yo tampoco he tenido el mejor día de mi vida. Me han despedido del trabajo, en una cafetería cercana de aquí. Y bueno, mi situación en casa no es mejor: mi madre está enferma, necesita muchos cuidados, que son caros y, sinceramente, no sé ahora de dónde voy a sacar el dinero.

-          Siento oír eso... –hubo un silencio entre los dos; sus miradas se perdían a cada lado; los dos sentían que estar sentados ahí no iba a cambiar para nada su situación, pero ¿qué importancia tiene eso cuando solo quieres ser escuchado? – Oye, ¿qué me ibas a decir antes? Sí. Cuando te he dicho que trabajaba en el teatro y decías que tal vez podía ayudarte en algo.

-          ¡Ah! Sí. Verás, a mí madre le gusta mucho el teatro, y me dijo esta mañana de comprar entradas para la nueva obra, y descubro que tú eres la protagonista. Así que he pensado que tal vez tú podías ayudarme con las entradas…

-          Por supuesto. Yo os doy dos entradas, sin problema. No tienes ni que pagármelas –Marina hizo un gesto con la mano restando importancia al problema al ver que una sonrisa se dibujaba en el rostro de Miguel– además, este será mi regalo por haberte quedado hoy conmigo.

-          No sabes cuánto te lo agradezco, de veras. Mil gracias. Se pondrá muy contenta cuando se lo diga.

-          No hay de qué. Espero que mejore y pueda venir. Y espero verte a ti también, claro.

-          Y yo, Marina.

Un taxi recorría la calle hasta parar donde estaban sentados los dos jóvenes. Se despidieron fugazmente y las preocupaciones de cada uno regresaron a sus pensamientos, aunque esta vez era diferente; sintieron que algo había cambiado.

Tal vez los dos volvieran a coincidir antes de reunirse en el teatro. O tal vez hubiera miles de casualidades antes entre unos y otros. Tal vez, el destino, tal vez, el azar. El caso es que nos vemos envueltos en una infinidad de conexiones que definen nuestra vida, y, por consiguiente, a nosotros mismos. ¿Qué hubiera pasado si…? La gran pregunta de cada día. Buscando pasados alternativos, insatisfechos con nuestros presentes y creyendo controlar futuros inciertos. Nos pasamos la vida de puntillas, sin fijarnos en todo lo que acontece a nuestro alrededor, pese a ser inabarcable, pese a saber que todo eso de una manera u otra podría influir en nuestra vida, sin saber cuándo ni cómo.  Cada mirada, cada gesto de manos, cada error, cada acierto, cada salida y entrada, cada calle que cruzamos, cada palabra, cada muestra de afecto y de odio, cada persona, cada beso, cada instante y cada momento, nos influye, nos compone y nos da forma de ser. Tal vez, el destino, tal vez, el azar. Pero hay algo claro, todo aquello que no podemos controlar, que no podemos ver o percibir, ahí, cuando nada parece haber cambiado y, sin embargo, todo es de otra manera. Todo eso es lo que somos.  

La simple complejidad

Esta obsesión desmedida por llegar  y perseguir aquello que espanta a la luna.  ¿Cuántas veces debo sacar la razón que une todas mis costura...