Querida Elisa:
Te escribo esta carta con el presentimiento de que
pudiera ser la última. De hecho, ni siquiera sé si esta llegará a tus manos. Aquí
el aire huele a desgracia. Desde que nos encerraron, cada noche llaman a unos
cuantos y se los llevan. Todos lloran, gritan, insultan, golpean, para luego no
volver. Suspiro cada mañana porque es un día más y cada noche temo que me llame
la muerte que nunca imaginé.
Tengo tantas cosas que decirte que, a veces, creo que
ya está todo dicho. No sé cómo se escribe una carta de despedida; ni siquiera
sé cuáles van a ser mis últimas palabras. Pienso en las promesas que nunca
cumplí y en todo por lo que tengo que pedir perdón. En lo ingenuo que fui por
tenerte y no saber quererte como mereces.
Sabes que nunca fui quien querías que fuera, que nunca te miré como tú
me mirabas, que nunca estuve cuando debía estar y ahora ya es tarde. Por todo
ello, te pido perdón.
En todas estas noches, he pensado en ti. En nosotros. En
estos días donde todo es confuso, tú has sido mi refugio. Y sin darme cuenta,
siempre lo fuiste. Crecimos juntos y soy quien soy gracias a ti. Miro la foto
que me regalaste y recuerdo la primera vez que te vi, sentada en el suelo
acariciando un gato callejero. Me senté a tu lado, me miraste con la
profundidad de quien sabe ver detrás de unos ojos negros, y me dijiste, ven. Y
te seguí hasta el patio trasero de la taberna de tu padre. Mi cara de asombro
contrastó con tu rostro alegre al ver que todos los gatos que había allí se te
acercaban. << Venga y ayúdame >> me dijiste. Desde ese momento supe
que habías visto algo en mí que yo jamás hubiese sido capaz de identificar. Y
eso es algo por lo que siempre te estaré agradecido.
Echaré de menos ir contigo a comernos los higos del
campo del viejo Marcelo, que nos pille y salgamos huyendo. Voy a echar de menos
escucharte reír, y hablar, y hablar, y hablar, porque siempre vas a estar
hablando, y yo siempre estaré escuchándote de todo lo que quieres ser en la
vida, de todo cuanto anhelas conseguir por tu propia mano, sin deber a nadie
nada. Eso estará bien, querida mía. Pero no importa en quién te conviertas,
porque cualquiera ya podría estar orgulloso de ti. Yo lo estaré siempre.
Recuerdo la última vez que nos vimos, cuando te dije
que debía ir a luchar y tú me reprochaste con lágrimas en los ojos, que tiraría
por la borda tantos años juntos por algo insignificante, que no merecía la pena
morir por una causa. Ahora me doy cuenta de que tenías razón. Ojalá pudiera
retroceder en el tiempo, buscarte e ir contigo lejos. Pero como digo, ahora ya
es tarde.
Pienso en el bonito consuelo que ha sido estar
contigo, en lo bonito que es hallar un mundo en un alma, donde poder vivir para
siempre. Tal vez los poetas que cantan tanto al amor lleven razón y sea eso lo
único por lo que merezca la pena vivir. A quien encuentres a lo largo de tu
vida le pido que no sea tan necio como lo he sido yo, que te escuche y sepa que
quieres vivir junto al mar, que te encantan los atardeceres y caminar hasta
perderte; que jamás estarás hecha para una vida ya trazada, que te inventarás
tu propia vida y esta será grandiosa.
Ahora sé que empiezas a entender la vida cuando te
alejas de ella. ¡Qué desesperanza tan grande! Solo espero que, si alguna vez
esta u otra vida nos volviera a encontrar, no vuelva a equivocarme. Que las
promesas que yo haga no se firmen en algo tan efímero. Que haya una parte de ti
en mí, para siempre.
Sé que no muero si tú existes, sé que no muero si
estoy contigo. Así que si esta es la última carta que te escribo, entonces ya
sé qué palabras quiero escribirte por última vez: te quiero.
Tuyo. Para
siempre.
14 de febrero de
1940
Esta carta ha sido premiada en la categoría de Mejor Autor Local, en el V Concurso Nacional de Cartas de Amor de Mengíbar (Jaén). También está publicada en la web oficial del ayuntamiento de Mengíbar, junto a las demás premiadas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario