viernes, 5 de febrero de 2021

CRUCE DE CAMINOS (3/3)

 El despertador sonó como un martillo en su cabeza. Siempre se asustaba estrepitosamente, aún estando acostumbrado a levantarse tan temprano desde hacía tiempo. Se sentó al borde de la cama con los codos sobre sus muslos y el rostro escondido entre sus manos; intentando despejarse, deambulando por una fase intermedia entre dos mundos. Creyéndose ya despierto, se decidió por comenzar el ritual de cada mañana. En silencio y con la mente en blanco. Sus movimientos eran prácticamente mecánicos, como si de un autómata se tratara. Con el sueño persiguiéndole aún se desnudó y se vistió, fue a la cocina para hacerse un café. Cuando hubo acabado, cogió las llaves y atravesó el pasillo, deteniéndose junto a una puerta entreabierta. Allí, entre la oscuridad que inundaba la habitación, reconoció la silueta de una persona sentada al borde de la cama.

-          Pero ¿qué haces despierta? –preguntó entrando a la habitación–.

-          Buenos días, querido –una mujer de avanza edad intentaba, dificultosamente, levantarse–. ¿Ya te vas, hijo?

-          Sí... ahora vuelve a la cama, por favor, no es hora de que ya estés despierta –dijo cariñosamente, mientras la ayudaba con las sábanas–.

-          Bueno, está bien... oye, ¿crees que hoy podrías acercarte a por lo que te pedí?

-          ¿Te refieres a las entradas para el teatro? –él ya sabía que se refería a eso, pero lo preguntaba casi por inercia–.

-          Sí, me gustaría volver. Además, escuché que estrenan una nueva obra dentro de poco. Podrías comprarlas, tal vez, al salir del trabajo, ¿no te parece?

-          No lo sé, mamá. Tal vez... –no pudo resistir la mirada tierna que brillaba en sus ojos y cedió– Bueno, haré lo que pueda, ¿vale?

-          Está bien, hijo. Bueno seguiré durmiendo. Ten cuidado.

-          Adiós –dijo finalmente y se marchó–.

Del edificio salió con una bicicleta. Miró al cielo con el gesto torcido. Más vale que me dé prisa, o me pondré chorreando, pensó. Sobre él, una nube grisácea se erguía poderosamente con intención de descargar toda su furia. Se puso en marcha rápidamente. Pedaleó sin parar, pero fue inútil. Pronto sintió que las primeras gotas caían en su cabeza y en sus manos. Volvió a mirar al cielo como recordatorio de que debía darse prisa, así que pedaleó más rápido aún. Llegó a su destino, apeándose velozmente de la bici y encadenándola. Entró en el local, encontrándolo totalmente vacío.

-          Buenos días, Miguel –un hombre corpulento apareció tras una puerta negra al fondo del local–.

-          Buenos días –contestó–.

-          Hoy está el día feo, ¿no crees? –preguntó este sin esperar respuesta pues inmediatamente volvió a hablar–. Quería comentarte una cosa, verás... –su voz sonaba nerviosa y el exagerado movimiento de sus manos terminaba por confirmarlo–, llevamos unos meses con pocos ingresos y a veces me cuesta mantener la cafetería a buen nivel, tal vez solo sea una mala racha, pero tras pensarlo mucho creo voy a tener que prescindir de ti. Es decir, a lo mejor no es definitivo, chico…pero no sé, por ahora vamos a esperar y yo mismo me encargaré de la cafetería. Puedes trabajar hoy, no te preocupes, te pagaré el día, de veras –daba igual todo lo que dijese a partir de ahora, todas sus palabras estaban cayendo como piedras sobre su cabeza–, pero ya te digo, eh, que igual te llamo de aquí a unos meses; no sé, espero que todo esto cambie, lo siento, de verdad que lo siento... –desapareció tras la puerta por la que había salido–.

Apoyado con las manos sobre la barra, su cabeza cayó en picado hasta encontrar su pecho. Su rostro se ensombreció y se sintió, por un momento, derrumbado. Hacía tiempo que trabajaba en esa cafetería, y a veces era su único sustento. Vivía con su madre enferma, que apenas tenía una pequeña paga por su dolencia. << ¿Qué hago yo, ahora? >> dijo en un suspiro. No era la primera vez que se enfrentaba a una situación de este tipo, pues la realidad era casi siempre la misma; la precaria situación que vivía en su casa lo empujaba constantemente a dedicar su tiempo por completo a trabajar y a cuidar de su madre, obligándose a repudiar cualquier digna vida que se le pasara por la cabeza. Sin embargo, pese a no ser la primera vez, todas dolían igual. La idea de encontrarse en el mismo punto de partida lo perseguía. Algunas lágrimas brotaron de sus ojos, no pudiendo resistir la impotencia. ¿Qué hago ahora?, pensó desesperanzado. Pero no le dio tiempo a pensar nada más, pronto hubo de recomponerse rápidamente, pues acababan de entrar unos clientes. Se pasó el brazo por la cara, secándose las lágrimas e intentando disimular la decepción.

Un reguero discontinuo de clientes entró y salió a lo largo del día. Todos pasaban desapercibidos en un sitio como ese, las personas llegan, consumen algo, pagan y se van, sin más. Su presencia allí es efímera y para Miguel lo sentía como un trabajo anodino. Y más ese día, donde la desesperación y la tristeza lo perseguían a cada momento, recordándole la mala noticia, y pensando, constantemente, qué haría después.

A cierta hora de la mañana lo llamó su madre por teléfono para recordarle lo que habían hablado esta mañana. De pronto Miguel se puso muy nervioso: las malditas entradas que le había dicho que iba a comprar. ¿Cómo permitirse el lujo con la noticia del despido? La desesperación de no saber qué hacer o qué decirle a su madre lo volvió a consumir. Optó por mentirle, por decirle que las compraría al salir. ¿Qué podía hacer sino? Le daba miedo decirle la verdad, preocuparla a sabiendas de que ella ya tiene suficiente con lidiar con su enfermedad; y él solo deseaba hacerle más llevadero el resto de su vida. Qué horror sentir que nunca puedes vivir una vida digna.

Durante el día que siguió, Miguel trabajó como cada día. Era lo mejor, pensó, si me hubiera ido a casa estaría peor, al menos así me despejo. Tenía razón el tránsito de gente diluía su tristeza ocasionalmente. En ese momento llegó un señor mayor a la barra. Lo miró con lástima, el pelo mojado le caía por la frente y las manos le temblaban de frío. El hombre mayor resultó ser una gran distracción para Miguel: la conversación que este le entabló no era de lo más gratificante, pero no importaba, escucharlo le resultaba satisfactorio. Estuvieron hablando largo rato, hasta que finalmente, el hombre se marchó con mejor cara con la que había llegado. Miguel lo miró alejarse hasta desaparecer como la gota que cae y se pierde en un charco. La conversación luchaba en su cabeza por seguir sirviendo de distracción, pero la tristeza volvió a él pronto.

El día acabó como tantos otros. La cafetería quedó completamente vacía. Miguel terminó de limpiarlo todo y de recoger. Como un resorte, de la misma puerta negra de la que esta mañana había aparecido, el hombre corpulento salió para decirle: << No te preocupes, Miguel, ya cierro yo. Muchas gracias por todo. Suerte >>. Y salió del local sabiendo que mañana no volvería allí.

Había dejado de llover hacía un rato. Las calles estaban húmedas y era de noche. Miguel conducía su bicicleta pensando qué hacer cuando llegara a casa y viera a su madre; ¿qué decirle? ¿mentirle de nuevo o decirle la verdad? Pero, ¿cómo? Si mañana no volvería a trabajar. No podía dejar de pensarlo y sentirse cada vez más abatido. De pronto algo llamó su atención. En la calle había una chica sentada. Parecía que estaba llorando con la cabeza apoyada sobre sus rodillas. Decidió pararse y ver qué le pasaba:

-          Disculpa, ¿estás bien? –preguntó acercándose poco a poco a ella; no recibió respuesta inmediata, así que insistió mientras ella se recomponía al verlo–. ¿Estás bien?

-          Sí... –contestó ella secándose las lágrimas de la cara e intentando levantarse–.

La bicicleta quedó tirada en la calle. La noche y la calma llegada tras la tormenta encerraban el espacio frío y solitario en el que se encontraban. Parecía como si solo existieran ellos dos por un momento en todo el planeta y justo se hubiesen encontrado por primera vez.

-          No lo parece, ¿seguro que estás bien? –le respondió Miguel intrigado y mirándola con lástima; sus pensamientos se habían esfumado al verla a ella, es como si la desgracia de otros nos eximiera de la nuestra propia–.

-          Sí... es que no estoy teniendo muy buen día y de repente me he agobiado mucho y bueno... –hizo una pausa mirando a todos lados, como si se hubiera olvidado de su problema presente y de pronto le volviese a la cabeza–. Se me han caído las llaves del coche por la alcantarilla y no puedo cogerlas, y ahora no tengo cómo llegar a casa –los dos se acercaron a la arqueta para examinar la situación, ella sin esperanza, él por retrasar más su llegada a casa–.

-          Están muy lejos... –dijo él intentando meter la mano para atraparlas, pero sabiendo que sería inútil–.

-          Déjalo... es imposible, no sé qué voy a hacer ahora.

-          La verdad es que yo tampoco sé muy bien qué se hace en estos casos. Tal vez podrías a avisar a la policía. No sé... siento no serte de mucha ayuda –los dos se sentaron en el suelo, ella desesperada y confundida, él sin saber cómo ayudarla, pero sin querer marcharse de allí–.

-          Da igual…hoy ya no quiero hacer nada más, solo irme a casa –dijo ella intentando disimular el sollozo–.

-          Te puedo ofrecer ir en mi bici y acercarte a casa, pero claro, no me conoces de nada, tal vez es un poco incómodo…por cierto, soy Miguel.

-          Yo Marina. Da igual, te lo agradezco, creo que llamaré a un taxi. ¿Aunque puedo pedirte algo? ¿Puedes quedarte conmigo hasta que venga? –era verdad que no lo conocía de nada, pero sentía que necesitaba que alguien la acompañara durante un rato–.

-          Claro, sin problema –respondió sin pensárselo dos veces, tal vez no era la mejor idea, pero era lo único que quería, retrasar sus problemas, olvidarlos por un momento durante el día–.

-          Está bien. Te lo agradezco, de veras –Marina en ese momento sintió que podía desahogarse con ese chico al que no conocía de nada, que tal vez necesitaba hablar un rato, dar forma a la tensión y el abatimiento acumulado en su interior; lo sintió de pronto como una salida, un respiro–. Llevo un día malísimo: desperté y ya llegaba tarde a trabajar, porque me había dormido, soy realmente un desastre...

-          ¿Dónde trabajas?

-          Aquí, en el teatro. Soy actriz y estamos a un mes de estrenar una nueva obra. Y se nota. Hoy, por mi descuido, la directora ha soltado toda su furia contra mí. Todo le parecía mal y me quitaba las ganas de actuar. Me sentía verdaderamente agotada desde el primer momento.

-          ¡Genial! Trabajas en el teatro... tal vez tú puedas ayudarme con…

-          Ah, y luego casi atropello a un señor mayor. Justo unas calles más atrás. Iba hablando con mi madre, discutiendo más bien, porque no tenía ganas de aguantar su sermón, iba conduciendo y me distraje, y por poco hoy se convierte en el peor día de mi vida…

-          ¡Anda! ¡Eso me suena! –dijo Miguel asombrado por la coincidencia al recordar la conversación con el viejo escritor en la cafetería– Tú eres la chica que me dijo él. Esta mañana me vino un señor contándome que casi es atropellado, y claro, supongo que serías tú.

-          Pues sí. Así estamos. Y luego esto –dijo señalando a la alcantarilla donde aún se encontraban las llaves–. Me caigo, y con tan mala suerte que las llaves van a parar allí. ¡Horrible todo!

-          Si te consuela, yo tampoco he tenido el mejor día de mi vida. Me han despedido del trabajo, en una cafetería cercana de aquí. Y bueno, mi situación en casa no es mejor: mi madre está enferma, necesita muchos cuidados, que son caros y, sinceramente, no sé ahora de dónde voy a sacar el dinero.

-          Siento oír eso... –hubo un silencio entre los dos; sus miradas se perdían a cada lado; los dos sentían que estar sentados ahí no iba a cambiar para nada su situación, pero ¿qué importancia tiene eso cuando solo quieres ser escuchado? – Oye, ¿qué me ibas a decir antes? Sí. Cuando te he dicho que trabajaba en el teatro y decías que tal vez podía ayudarte en algo.

-          ¡Ah! Sí. Verás, a mí madre le gusta mucho el teatro, y me dijo esta mañana de comprar entradas para la nueva obra, y descubro que tú eres la protagonista. Así que he pensado que tal vez tú podías ayudarme con las entradas…

-          Por supuesto. Yo os doy dos entradas, sin problema. No tienes ni que pagármelas –Marina hizo un gesto con la mano restando importancia al problema al ver que una sonrisa se dibujaba en el rostro de Miguel– además, este será mi regalo por haberte quedado hoy conmigo.

-          No sabes cuánto te lo agradezco, de veras. Mil gracias. Se pondrá muy contenta cuando se lo diga.

-          No hay de qué. Espero que mejore y pueda venir. Y espero verte a ti también, claro.

-          Y yo, Marina.

Un taxi recorría la calle hasta parar donde estaban sentados los dos jóvenes. Se despidieron fugazmente y las preocupaciones de cada uno regresaron a sus pensamientos, aunque esta vez era diferente; sintieron que algo había cambiado.

Tal vez los dos volvieran a coincidir antes de reunirse en el teatro. O tal vez hubiera miles de casualidades antes entre unos y otros. Tal vez, el destino, tal vez, el azar. El caso es que nos vemos envueltos en una infinidad de conexiones que definen nuestra vida, y, por consiguiente, a nosotros mismos. ¿Qué hubiera pasado si…? La gran pregunta de cada día. Buscando pasados alternativos, insatisfechos con nuestros presentes y creyendo controlar futuros inciertos. Nos pasamos la vida de puntillas, sin fijarnos en todo lo que acontece a nuestro alrededor, pese a ser inabarcable, pese a saber que todo eso de una manera u otra podría influir en nuestra vida, sin saber cuándo ni cómo.  Cada mirada, cada gesto de manos, cada error, cada acierto, cada salida y entrada, cada calle que cruzamos, cada palabra, cada muestra de afecto y de odio, cada persona, cada beso, cada instante y cada momento, nos influye, nos compone y nos da forma de ser. Tal vez, el destino, tal vez, el azar. Pero hay algo claro, todo aquello que no podemos controlar, que no podemos ver o percibir, ahí, cuando nada parece haber cambiado y, sin embargo, todo es de otra manera. Todo eso es lo que somos.  

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