miércoles, 12 de agosto de 2020

Ese niño aún no lo sabe

 

La insistencia dio sus frutos. Tras varios minutos de llantos y súplicas, la madre cedió y el niño tuvo el helado que tanto quería. Yo ya perdí la concentración y no me quedó otra que observar como el crío obtenía de mala gana su capricho. Se relamía los labios mientras su madre lo tenía en la mano, aún con su envoltorio intacto. Siéntate ahí para comértelo, venga, le dijo ella. Al fin, el helado cayó en sus manos. Sin esperar un segundo más, rompió el paquete y perdió la mirada en la corteza oscura de chocolate pegada al palo. En sus ojos ya se podía ver el terrible desenlace que estaba a punto de acontecer.

Comenzó a comérselo tranquilamente, con la pasividad característica de alguien que está seguro de sí mismo. El chocolate crujió entre sus dientes y la vainilla interior afloró aún sólida. Se esmeró en desgastarla poco a poco a base de lengüetazos. Los minutos pasaban, y el niño ya tenía toda mi atención. El helado descendía lentamente, pero él seguía empeñado en su tarea.

No tardaron en llegar los primeros problemas. La chasqueante corteza sufrió una considerable fractura y el niño tuvo que hacer un rápido movimiento para evitar que uno de los fragmentos se cayera. Lo consiguió, pero no pudo evitar la caída de otro trozo. Miró al suelo con pesar y abatimiento, pensando en lo que acababa de perder, ya irrecuperable. No obstante, la vainilla comenzaba a perder su compostura y él se dio cuenta de que no tenía tiempo que perder. Relanzó su lengua al helado, pero la vainilla ya iba cuesta abajo. El muchacho realizaba ímprobos esfuerzos por sortear las dificultades del derramamiento, pero las gotas amarillentas resbalaban entre sus dedos y el helado se venía abajo.

Hizo lo que pudo por salvar la mayor parte del frío dulce. El helado siguió derritiéndose y las gotas que surcaban su mano caían al suelo constantemente. El niño entendió finalmente que no podría frenar el declive de este, y se dedicó a aprovechar todo cuanto podía, aceptando la pérdida.

No quedó nada de él. Tenía la boca manchada de vainilla y chocolate, reflejo de su duro trabajo. Sostenía sobre su mano el palito de madera, el cual miraba fijamente constatando el final del helado. Yo, que no había dejado de observarlo, pensé en ese trozo de madera y en el helado que era antes. Y una enorme cantidad de pensamientos se arremolinaron en mi cabeza. Pensé en el helado y en el pequeño muchacho. Y creí ver una gran similitud con la vida.

Pensé en la madre que cede y le da esto a su hijo. En la inocente infancia y en la atrevida juventud, donde todo es nuevo y extraordinario, donde tu único problema es querer abrir el envoltorio cuanto antes. En los consejos, porque naces y ya tienes a alguien que te aconseja, todo el mundo te aconseja, mucho, no siempre bien, pero tampoco estás tú como para discernir si bien o mal. Te acabas dando cuenta más tarde. Mientras tanto, tú sigues tranquilo porque no hay nada que temer, el helado, como la vida, al inicio es todo consistencia.

Sin embargo, en algún momento también se nos resquebraja la corteza, y es cuando llegan los verdaderos problemas. Donde tienes que esforzarte aún más. Y nadie te prepara para ello. Tú mismo te preparas para solventar unas vicisitudes de las cuales con el paso de tiempo ves como ridículas, porque tampoco tienes capacidad para distinguir la gravedad de tus problemas, pese a que todos te parezcan el fin del mundo. Y mientras sorteas algunos obstáculos otros ocurren sin que te des cuenta. Y los sufres, y de aquella previa consistencia dejas de fiarte, y entiendes que debes sacrificarte más.

Y te pasas la vida afanado en tu propio helado lleno de problemas, pero cada lengüetazo que das te sabe dulce y quieres seguir haciéndolo, porque merece la pena.

Pensé en la vida como un tiempo entre dos certezas: un inicio y un fin. Porque naces y lo único seguro que tienes a partir de ese momento es el final. Es irremediable. En la vainilla escurriéndose entre sus dedos como el tiempo que perdemos sin poder hacer nada. No puedes frenarlo. Y pasa mucho tiempo hasta que, como el niño con el helado, comprendes que debes aprovechar lo poco que te queda sin preocuparte por lo que hayas perdido. Que no puedes perder ni un segundo más; y hay que seguir saboreando lo dulce hasta llegar al palito.

El pequeño hombrecito seguía mirando la madera como quien mira un recuerdo. Levantó la cabeza y se percató de mi mirada. Yo le guiñé un ojo y me fui. Ese niño aún no lo sabe pero ese helado será su vida, me dije. Él pensó que podía haber aprovechado más aquel helado, y yo que debí haber abrazado más a mis abuelos. Yo ya no puedo. Hacedlo vosotros.

El duelo

 

-          Desenvainen caballeros – la voz del padrino quebró el silencio impuesto hasta ese momento.

Ambos sables sonaron como un silbido breve e intenso. Se alzaron firmes, perpendiculares a un cielo de luz incierta. El metal argentado titilaba entre la bruma. Un escalofrío recorrió el cuerpo del padrino. El aire corría libre entre los árboles. Un aire frío, que dejaba una sensación gélida cada vez que atravesaba la escena. Eran cerca de las seis de la mañana, aún la noche seguía intacta, inviolada por los rayos de sol del nuevo día.

-          Por favor, don Rodrigo, insisto, -- adució don Marco Stivani—olvídelo y vayámonos, no tiene nada que demostrar.

-          Déjelo Stivani – dijo seguidamente don Fernando con desesperanza— es demasiado terco este hombre.

Don Marco Stivani y don Fernando de Argoz eran los padrinos seleccionados para este duelo, ambos, hombres de la suntuosa burguesía rápidamente enriquecida con el comercio de especias tan demandado ahora entre Europa y Oriente. Trajeados y encorbatados, a la par que, envueltos en unas oscuras capas, y como si de un juego de hermanos gemelos se tratase, coronados por un sombrero de copa, seguían pidiendo cordura a los combatientes con la esperanza de evitar un trágico desenlace. Stivani, debido a su edad portaba siempre con él un negro bastón, cuyo tronco terminaba en una esférica empuñadura plateada con las letras M.S. grabadas en su centro, el cual ahora levantaba demandando la atención de su viejo amigo. Detrás de ellos, había dos carruajes apartados, y salvaguardados por dos siervos, que esperaban junto a los caballos en silencio. También, un poco más cercano a la escena, de pie e inerte, aguardaba el médico, con la mirada perdida y bostezando continuamente.

Frente a ellos, dos siluetas masculinas se perfilaban entre la pegajosa bruma, en mangas de camisa blanca, y con un calzón ceñido, uno marrón y otro verde oscuro, ajustados a la cintura por un cinto. El más alto llevaba, además, un chaleco apretado al pecho. Los dos, embotados, pisaban la hierba suavemente con ciertos gestos marciales. Ya en posición de guardia ambos, como si de dos grandes luchadores de esgrima se tratara, esperaban la señal que debía dar uno de los padrinos para el comienzo del duelo.

Con la mirada fija en su oponente, don Rodrigo Almagro, esperaba impaciente ese sonido inicial. Se podían percibir destellos de furia y venganza contenida en sus ojos. Rodrigo era un hombre de edad avanzada, al que sus 180 cm y su delgadez hacían que su cansancio fuese más agresivo. Las arrugas de la piel, y su ya escasez de pelo en la cabeza afligían aún más su aspecto físico. Sin embargo, don Rodrigo gozaba todavía de buena salud, y confiaba de su maestría en la lucha con el sable, que ya lo hizo veterano de guerra, siendo un soldado del rey, ya retirado.

Frente a Rodrigo, una fuerte y constante respiración, prueba de un cierto nerviosismo reflejado en la cara de Martín Ródano, llamaba la atención. Martín era un hombre fuerte y de estatura media, de aspecto jovial al que un mechón de pelo rizado y oscuro le caía por la sien. Sus manos delicadas temblaban, sable en mano, debido a su inexperiencia con el arma, pues él era un pintor, un pintor que se consideraba a él mismo con cierta vanidad ``nacido para el arte´´, y al cual su comportamiento pueril de artista pretencioso le había llevado a otras situaciones parecidas.

-          Recuerden que el duelo no se detendrá hasta que uno de los dos sea gravemente herido – hablaba ahora don Fernando en calidad de padrino-juez.

-          Esto es una locura – masculló Stivani.

-          Suerte a los dos, caballeros – habló Argoz, e hizo sonar seguidamente el silbato.

Rodrigo se lanzó como un felino a por su presa. Martín esquivaba y rechazaba con esfuerzo todas las atacadas de su oponente. El metal sonaba con cada choque. Rodrigo seguía insistentemente atacando con saña, como si le fuese la vida en ello. Martín evitaba la cercanía, esquivando y huyendo un par de metros para recuperarse. Firmes y ágiles, los sablazos de Rodrigo caían sobre Martín. Martín, fatigado y nervioso, aguantaba haciéndose con cualquier cosa y obstruyendo la dirección del sable del contrario, evadiendo cada golpe. Como una torre a punto de desmoronarse, Martín soportaba las envestidas del enemigo. Se escuchaba la fuerte respiración de cada uno, y algún que otro gemido de dolor y cansancio. Chocaban de nuevo las guarniciones, cada sonido metálico hacía eco en el bosque, despertando del letargo a los espectadores. Rodrigo, incansable, seguía a la carga, con furia y coraje mantenía el acoso a su oponente, pues no encontraba óbice en la actitud del otro, no había oposición alguna, era coser y cantar, pensaba.

Martín, fatigado por el esfuerzo, intentaba inútiles ataques, que no eran más que pobres y torpes zarpazos al aire pegajoso de la mañana, que con leves giros de cintura Rodrigo esquivaba. Rodrigo volvía a la carga en cuanto recobraba un poco de fuerzas, con gráciles punzadas a su adversario, como si fuese el aguijón de una avispa. Pequeños y superficiales rasguños conseguía en Martín, que sentía cómo el frío metal plateado rozaba su piel dejándole un leve escozor. Dominado y desvaído, Martín reculaba rechazando cada lance del sable contrario que como un rayo caía sobre él. Torpemente, el pie derecho de Martín tropezó con una inoportuna piedra cruzada en su camino, haciéndolo caer de espaldas al suelo, y dejándolo a merced del sable enemigo. La tensión ahora, inundaba la escena, cortando la respiración por unos instantes de todos los asistentes. La punta afilada del sable de aquel veterano de guerra apuntaba en estos momentos al pecho del joven artista.

-          Soez destino para este joven hombre – apuntó concluyente Stivani – que dios se apiade de su alma.

Rodrigo levantó el brazo con el sable perpendicular al pecho del pintor. Tomó una bocanada de aire, para después soltarla con fuerza. El sable cayó como una centella, llegando a envestir y quedándose clavado al suelo. Martín se zafó rápidamente cogiendo su sable y rasgando la pierna del viejo guerrero. Herido, Rodrigo gritó de dolor. Martín, no esperando reacción alguna del adversario se agarró a su camisa para levantarse, arrancándosela de cuajo y dejándole el torso desnudo. Los padrinos, incluso el médico, quedaron petrificados y boquiabiertos. Los ojos del joven artista se clavaron en las negras pupilas del viejo soldado. Martín cargó el brazo, y como si del grácil y limpio golpe de un maestro de esgrima se tratase, lo atravesó.

 

(una hora más tarde)

 

-          El médico ya ha constatado su muerte, vayámonos – dijo Stivani.

-          Siento mucho su perdida, don Marco – añadió con pesar Argoz – lleva razón, aquí ya no hacemos nada.

Los siervos recogieron el cuerpo inerte de don Rodrigo Almagro. Los padrinos se enfundaron en sus capas y sus sombreros, y marcharon hacia sus carruajes. El médico mientras se limpiaba las manos llenas de sangre, llamó a Stivani:

-          Oiga don Marco, ¿podría llevarme a la ciudad con vos?

-          Por supuesto, suba – contestó el comerciante pisano.

El carruaje arrancó con el azote del siervo a los caballos. Un silencio de solemnidad protagonizaba ahora el momento.

-          Una pena lo de don Rodrigo – comentó el médico – casi lo tenía.

-          Lleva razón, casi lo tenía.

-          No me gusta venir a estos eventos, me parecen muy innecesarios ¿no le parece?. – habló el médico con cara de desagrado.

-          A mí tampoco, buen amigo. Es absurdo morir a veces por honor. – respondió Stivani.

-          Bueno, ahora que lo dice, me pregunto a qué se debió esta disputa.

-          El pintor, altruistamente, le regaló una de sus pinturas a don Rodrigo.

-          Vaya, y qué tuvo eso de malo, ¿por qué se ofendió? En todo caso habría que celebrarlo ¿no?.

-          La pintura se llamaba ``La muerte de don Rodrigo Almagro´´.

La simple complejidad

Esta obsesión desmedida por llegar  y perseguir aquello que espanta a la luna.  ¿Cuántas veces debo sacar la razón que une todas mis costura...