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Desenvainen caballeros – la voz del padrino quebró el silencio impuesto
hasta ese momento.
Ambos
sables sonaron como un silbido breve e intenso. Se alzaron firmes,
perpendiculares a un cielo de luz incierta. El metal argentado titilaba entre
la bruma. Un escalofrío recorrió el cuerpo del padrino. El aire corría libre
entre los árboles. Un aire frío, que dejaba una sensación gélida cada vez que
atravesaba la escena. Eran cerca de las seis de la mañana, aún la noche seguía
intacta, inviolada por los rayos de sol del nuevo día.
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Por favor, don Rodrigo, insisto, -- adució don Marco Stivani—olvídelo y vayámonos, no tiene nada que demostrar.
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Déjelo Stivani
– dijo seguidamente don Fernando con desesperanza— es demasiado terco este hombre.
Don
Marco Stivani y don Fernando de Argoz eran los padrinos seleccionados para este
duelo, ambos, hombres de la suntuosa burguesía rápidamente enriquecida con el
comercio de especias tan demandado ahora entre Europa y Oriente. Trajeados y
encorbatados, a la par que, envueltos en unas oscuras capas, y como si de un
juego de hermanos gemelos se tratase, coronados por un sombrero de copa,
seguían pidiendo cordura a los combatientes con la esperanza de evitar un
trágico desenlace. Stivani, debido a su edad portaba siempre con él un negro
bastón, cuyo tronco terminaba en una esférica empuñadura plateada con las
letras M.S. grabadas en su centro, el cual ahora levantaba demandando la
atención de su viejo amigo. Detrás de ellos, había dos carruajes apartados, y
salvaguardados por dos siervos, que esperaban junto a los caballos en silencio.
También, un poco más cercano a la escena, de pie e inerte, aguardaba el médico,
con la mirada perdida y bostezando continuamente.
Frente
a ellos, dos siluetas masculinas se perfilaban entre la pegajosa bruma, en
mangas de camisa blanca, y con un calzón ceñido, uno marrón y otro verde
oscuro, ajustados a la cintura por un cinto. El más alto llevaba, además, un
chaleco apretado al pecho. Los dos, embotados, pisaban la hierba suavemente con
ciertos gestos marciales. Ya en posición de guardia ambos, como si de dos
grandes luchadores de esgrima se tratara, esperaban la señal que debía dar uno
de los padrinos para el comienzo del duelo.
Con
la mirada fija en su oponente, don Rodrigo Almagro, esperaba impaciente ese
sonido inicial. Se podían percibir destellos de furia y venganza contenida en
sus ojos. Rodrigo era un hombre de edad avanzada, al que sus 180 cm y su
delgadez hacían que su cansancio fuese más agresivo. Las arrugas de la piel, y
su ya escasez de pelo en la cabeza afligían aún más su aspecto físico. Sin
embargo, don Rodrigo gozaba todavía de buena salud, y confiaba de su maestría
en la lucha con el sable, que ya lo hizo veterano de guerra, siendo un soldado
del rey, ya retirado.
Frente
a Rodrigo, una fuerte y constante respiración, prueba de un cierto nerviosismo
reflejado en la cara de Martín Ródano, llamaba la atención. Martín era un
hombre fuerte y de estatura media, de aspecto jovial al que un mechón de pelo rizado
y oscuro le caía por la sien. Sus manos delicadas temblaban, sable en mano,
debido a su inexperiencia con el arma, pues él era un pintor, un pintor que se
consideraba a él mismo con cierta vanidad ``nacido para el arte´´, y al cual su
comportamiento pueril de artista pretencioso le había llevado a otras
situaciones parecidas.
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Recuerden que el duelo no se detendrá hasta que uno de
los dos sea gravemente herido –
hablaba ahora don Fernando en calidad de padrino-juez.
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Esto es una locura – masculló Stivani.
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Suerte a los dos, caballeros – habló Argoz, e hizo sonar seguidamente el silbato.
Rodrigo
se lanzó como un felino a por su presa. Martín esquivaba y rechazaba con
esfuerzo todas las atacadas de su oponente. El metal sonaba con cada choque.
Rodrigo seguía insistentemente atacando con saña, como si le fuese la vida en
ello. Martín evitaba la cercanía, esquivando y huyendo un par de metros para
recuperarse. Firmes y ágiles, los sablazos de Rodrigo caían sobre Martín.
Martín, fatigado y nervioso, aguantaba haciéndose con cualquier cosa y
obstruyendo la dirección del sable del contrario, evadiendo cada golpe. Como
una torre a punto de desmoronarse, Martín soportaba las envestidas del enemigo.
Se escuchaba la fuerte respiración de cada uno, y algún que otro gemido de
dolor y cansancio. Chocaban de nuevo las guarniciones, cada sonido metálico
hacía eco en el bosque, despertando del letargo a los espectadores. Rodrigo,
incansable, seguía a la carga, con furia y coraje mantenía el acoso a su
oponente, pues no encontraba óbice en la actitud del otro, no había oposición
alguna, era coser y cantar, pensaba.
Martín,
fatigado por el esfuerzo, intentaba inútiles ataques, que no eran más que
pobres y torpes zarpazos al aire pegajoso de la mañana, que con leves giros de
cintura Rodrigo esquivaba. Rodrigo volvía a la carga en cuanto recobraba un
poco de fuerzas, con gráciles punzadas a su adversario, como si fuese el
aguijón de una avispa. Pequeños y superficiales rasguños conseguía en Martín,
que sentía cómo el frío metal plateado rozaba su piel dejándole un leve
escozor. Dominado y desvaído, Martín reculaba rechazando cada lance del sable
contrario que como un rayo caía sobre él. Torpemente, el pie derecho de Martín
tropezó con una inoportuna piedra cruzada en su camino, haciéndolo caer de
espaldas al suelo, y dejándolo a merced del sable enemigo. La tensión ahora,
inundaba la escena, cortando la respiración por unos instantes de todos los
asistentes. La punta afilada del sable de aquel veterano de guerra apuntaba en
estos momentos al pecho del joven artista.
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Soez destino para este joven hombre – apuntó concluyente Stivani – que dios se apiade de su alma.
Rodrigo
levantó el brazo con el sable perpendicular al pecho del pintor. Tomó una
bocanada de aire, para después soltarla con fuerza. El sable cayó como una
centella, llegando a envestir y quedándose clavado al suelo. Martín se zafó
rápidamente cogiendo su sable y rasgando la pierna del viejo guerrero. Herido,
Rodrigo gritó de dolor. Martín, no esperando reacción alguna del adversario se
agarró a su camisa para levantarse, arrancándosela de cuajo y dejándole el
torso desnudo. Los padrinos, incluso el médico, quedaron petrificados y
boquiabiertos. Los ojos del joven artista se clavaron en las negras pupilas del
viejo soldado. Martín cargó el brazo, y como si del grácil y limpio golpe de un
maestro de esgrima se tratase, lo atravesó.
(una hora más tarde)
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El médico ya ha constatado su muerte, vayámonos – dijo Stivani.
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Siento mucho su perdida, don Marco – añadió con pesar Argoz – lleva razón, aquí ya no hacemos nada.
Los
siervos recogieron el cuerpo inerte de don Rodrigo Almagro. Los padrinos se
enfundaron en sus capas y sus sombreros, y marcharon hacia sus carruajes. El
médico mientras se limpiaba las manos llenas de sangre, llamó a Stivani:
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Oiga don Marco, ¿podría llevarme a la ciudad con vos?
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Por supuesto, suba – contestó el comerciante pisano.
El
carruaje arrancó con el azote del siervo a los caballos. Un silencio de
solemnidad protagonizaba ahora el momento.
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Una pena lo de don Rodrigo – comentó el médico – casi lo tenía.
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Lleva razón, casi lo tenía.
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No me gusta venir a estos eventos, me parecen muy
innecesarios ¿no le parece?. – habló
el médico con cara de desagrado.
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A mí tampoco, buen amigo. Es absurdo morir a veces por
honor. – respondió Stivani.
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Bueno, ahora que lo dice, me pregunto a qué se debió
esta disputa.
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El pintor, altruistamente, le regaló una de sus
pinturas a don Rodrigo.
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Vaya, y qué tuvo eso de malo, ¿por qué se ofendió? En
todo caso habría que celebrarlo ¿no?.
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La pintura se llamaba ``La muerte de don Rodrigo
Almagro´´.
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