La insistencia dio sus frutos. Tras varios minutos de
llantos y súplicas, la madre cedió y el niño tuvo el helado que tanto quería.
Yo ya perdí la concentración y no me quedó otra que observar como el crío
obtenía de mala gana su capricho. Se relamía los labios mientras su madre lo
tenía en la mano, aún con su envoltorio intacto. Siéntate ahí para comértelo,
venga, le dijo ella. Al fin, el helado cayó en sus manos. Sin esperar un
segundo más, rompió el paquete y perdió la mirada en la corteza oscura de chocolate
pegada al palo. En sus ojos ya se podía ver el terrible desenlace que estaba a
punto de acontecer.
Comenzó a comérselo tranquilamente, con la pasividad
característica de alguien que está seguro de sí mismo. El chocolate crujió
entre sus dientes y la vainilla interior afloró aún sólida. Se esmeró en
desgastarla poco a poco a base de lengüetazos. Los minutos pasaban, y el niño
ya tenía toda mi atención. El helado descendía lentamente, pero él seguía
empeñado en su tarea.
No tardaron en llegar los primeros problemas. La
chasqueante corteza sufrió una considerable fractura y el niño tuvo que hacer
un rápido movimiento para evitar que uno de los fragmentos se cayera. Lo
consiguió, pero no pudo evitar la caída de otro trozo. Miró al suelo con pesar
y abatimiento, pensando en lo que acababa de perder, ya irrecuperable. No
obstante, la vainilla comenzaba a perder su compostura y él se dio cuenta de
que no tenía tiempo que perder. Relanzó su lengua al helado, pero la vainilla
ya iba cuesta abajo. El muchacho realizaba ímprobos esfuerzos por sortear las
dificultades del derramamiento, pero las gotas amarillentas resbalaban entre
sus dedos y el helado se venía abajo.
Hizo lo que pudo por salvar la mayor parte del frío
dulce. El helado siguió derritiéndose y las gotas que surcaban su mano caían al
suelo constantemente. El niño entendió finalmente que no podría frenar el
declive de este, y se dedicó a aprovechar todo cuanto podía, aceptando la
pérdida.
No quedó nada de él. Tenía la boca manchada de
vainilla y chocolate, reflejo de su duro trabajo. Sostenía sobre su mano el
palito de madera, el cual miraba fijamente constatando el final del helado. Yo,
que no había dejado de observarlo, pensé en ese trozo de madera y en el helado
que era antes. Y una enorme cantidad de pensamientos se arremolinaron en mi
cabeza. Pensé en el helado y en el pequeño muchacho. Y creí ver una gran
similitud con la vida.
Pensé en la madre que cede y le da esto a su hijo. En
la inocente infancia y en la atrevida juventud, donde todo es nuevo y
extraordinario, donde tu único problema es querer abrir el envoltorio cuanto
antes. En los consejos, porque naces y ya tienes a alguien que te aconseja, todo
el mundo te aconseja, mucho, no siempre bien, pero tampoco estás tú como para
discernir si bien o mal. Te acabas dando cuenta más tarde. Mientras tanto, tú
sigues tranquilo porque no hay nada que temer, el helado, como la vida, al
inicio es todo consistencia.
Sin embargo, en algún momento también se nos
resquebraja la corteza, y es cuando llegan los verdaderos problemas. Donde
tienes que esforzarte aún más. Y nadie te prepara para ello. Tú mismo te
preparas para solventar unas vicisitudes de las cuales con el paso de tiempo
ves como ridículas, porque tampoco tienes capacidad para distinguir la gravedad
de tus problemas, pese a que todos te parezcan el fin del mundo. Y mientras
sorteas algunos obstáculos otros ocurren sin que te des cuenta. Y los sufres, y
de aquella previa consistencia dejas de fiarte, y entiendes que debes sacrificarte
más.
Y te pasas la vida afanado en tu propio helado lleno
de problemas, pero cada lengüetazo que das te sabe dulce y quieres seguir
haciéndolo, porque merece la pena.
Pensé en la vida como un tiempo entre dos certezas: un
inicio y un fin. Porque naces y lo único seguro que tienes a partir de ese
momento es el final. Es irremediable. En la vainilla escurriéndose entre sus
dedos como el tiempo que perdemos sin poder hacer nada. No puedes frenarlo. Y
pasa mucho tiempo hasta que, como el niño con el helado, comprendes que debes
aprovechar lo poco que te queda sin preocuparte por lo que hayas perdido. Que
no puedes perder ni un segundo más; y hay que seguir saboreando lo dulce hasta
llegar al palito.
El pequeño hombrecito seguía mirando la madera como quien mira un recuerdo. Levantó la cabeza y se percató de mi mirada. Yo le guiñé un ojo y me fui. Ese niño aún no lo sabe pero ese helado será su vida, me dije. Él pensó que podía haber aprovechado más aquel helado, y yo que debí haber abrazado más a mis abuelos. Yo ya no puedo. Hacedlo vosotros.
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